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El vagabundo de la muerte (por x.pibernat)

El vagabundo de la muerte (por x.pibernat) Mi padre siempre decía que la vida sin misterios no merecía ser vivida, por ello siempre andaba manejando alguno. Tenía una carpeta con más de trescientas hojas con dos apartados: “misterios por resolver” y “misterios resueltos”, con un índice, siempre provisional, de los mismos. Mi padre elegía algún misterio y lo escrutaba desde todas las ópticas posibles hasta llegar a alguna conclusión que le pareciera idónea, ya fuese al cabo de unos minutos, horas o años... Después, seguía con otro, y así sucesivamente. Era muy celoso de lo que ahí anotaba, sólo nos permitía - a mi madre y a mí - acceder a algún misterio a partir de deliberaciones verbales, siempre muy escasas. Cuando acaeció su muerte mi madre guardó sus resoluciones e interrogantes en uno de los cajones del armario ropero, como una continuidad en el sigilo y discreción que había mantenido mi padre respecto a aquellos escritos. Nos dimos un tiempo sin fecha prevista antes de acceder a aquellas páginas abigarradas de letra pequeña, asfixiada en renglones que se tocaban los unos con los otros. Un tiempo que llegaría cuando tuviese que llegar, como todo en la vida.
En la primera página hay escrito un párrafo en letras de un tamaño superior al normal: “Cada leyenda tiene su origen, su misterio... A veces, para desentrañar los misterios, es preciso removerlo todo, ahondar en el alma de uno hasta el agotamiento. En otras, en cambio, los misterios se solventan con sólo cerrar los ojos”.


Mi padre murió a los setenta años recién cumplidos sin haber realizado testamento. Mi madre con cincuenta y ocho años quedó como usufructuaria de sus bienes, recayendo en mi persona la totalidad de la herencia. La gestión de la misma se hizo acorde a lo que tantas veces se había hablado en las sobremesas de las comidas del domingo. El primer paso fue acudir al pueblo natal de mi padre para comunicar a algún pariente y amigos su deceso, así como revisar el mantenimiento de una casa propiedad de mi padre, una casa en la que habían nacido su abuelo, su padre y un hermano, todos ya fallecidos.

Así, un día del mes de noviembre del año 1.967, tomé un tren en la estación de Francia de Barcelona, en dirección a Sagunto donde pernocté, para al día siguiente subir a un autobús que me llevó a Teruel. Allí, otro autobús me dejó a unos ocho kilómetros de un pueblecito olvidado, enclavado en los Montes Universales. Finalmente, después de caminar la mitad del trayecto, un lugareño me hizo sitio en el tractor hasta llegar a las inmediaciones del pueblo. Nos pusimos al corriente de algunas cuestiones relativas al pueblo y a mi presencia en aquellos parajes.
En el pueblo no vivirían más de ochenta personas. Ésta era la tercera vez que visitaba aquel lugar, la última fue hace unos doce años, cuando falleció mi abuelo.
A las tres de la tarde el bar estaba bastante concurrido. Al entrar fui objeto de las miradas de todos los contertulios. Me dirigí al propietario del local, aunque tuve que presentarme pues no me reconoció. Después de saludarnos, requirió silencio y comunicó a los presentes mi identidad: “Este muchacho es Fernando, el hijo de Esteban Herrero”. Muchos habían sido amigos de mi padre, o simples conocidos que me escrutaron en busca de semejanzas físicas. La mayoría recordaba a un chaval de catorce años que había acudido al entierro de su abuelo.
Cuando estaba tomando el café, las campanas de la iglesia convocaron a los feligreses a un entierro. El muerto era Aniceto, antiguo amigo de mi padre, que dejaba mujer y un hijo. Me dije que no podía faltar, por lo que acompañé a las gentes del pueblo a darle el último adiós. En el interior de la iglesia, los de pompas fúnebres, venidos de Teruel, habían colocado el féretro en el pasillo de la iglesia, delante mismo del altar. En voz baja, me fueron presentando a unos y a otras, hasta llegar a la viuda e hijo. Les di el pésame y me situé unos bancos más atrás. El cura de la comarca no tardó en aparecer. Todo en orden.
El acto transcurrió sin demasiada solemnidad. Se loaron las virtudes del finado y se leyeron algunos versículos de la Biblia. En plena lectura de uno de ellos: “... y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento, ni clamor ...”, una terrible agitación conmovió el sopor general. Las personas cercanas al ataúd fueron presas de un ataque de histeria. Desmayos, gritos, pánico... Una frase tomó vida en la cúpula eclesial: ¡¡¡¡Está vivo, está vivo!!!!

Fueron unos minutos aterradores. Según decían algunas personas cercanas al ataúd se habían escuchado sordos golpes y una voz cavernosa que salía de su interior. Al exigirse silencio por parte de los más serenos en aquella histeria colectiva, todos pudimos escuchar unos gemidos que provenían de la caja mortuoria. Los empleados de pompas fúnebres acudieron a liberar los goznes con una inmaculada expresión de miedo. En la iglesia la tensión era insoportable. Al fin, levantaron la tapa y se echaron atrás. Entonces, el presunto muerto se levantó como un resorte, quedando en posición de asiento dentro del ataúd. Sus ojos, desorbitados, nos miraron acusadores. Todos advertimos que aquel hombre ya no era Aniceto, era alguien desconocido. El hijo de Aniceto le dirigió unas palabras temblorosas: “¿Padre, padre, cómo se encuentra...?” Pero Aniceto no contestó. Se puso boca abajo, buscó apoyo, sacó una pierna de la caja, con una mano se sujetó a una de las varas de las andas y finalmente saltó al suelo. Nadie le ayudó en su acción, su salto a la vida provocó una temerosa reacción en todos los asistentes a la ceremonia.
Era una situación que parecía irresoluble hasta que el cura acudió en ayuda de todos: “Hermanos, acojamos a Aniceto en su nuevo despertar a la vida. Hermanos, hagamos de esto una fiesta y no un motivo de desconfianza”. Entonces el cura bajó del púlpito y fue a abrazarse con Aniceto. La escena dio un giro absoluto, el miedo descendió a un umbral más controlable y la ex viuda se abrazó a su marido llorando de manera desconsolada. Su hijo hizo lo propio. Fue después que, algunos vecinos más repuestos, se fueron acercando para dar la mano y abrazar a aquel hombre completamente desorientado.
Se requirió con urgencia la presencia del médico que vino de Albarracín, quien dictaminó que Aniceto había sido víctima de una catalepsia, un estado especial de completa rigidez, insensibilidad e inmovilidad, donde el corazón late con una frecuencia bajísima. Le prescribió unos días de descanso con reiteradas aspersiones de agua fría en la cara y le hizo un volante para que, en días posteriores, se le realizara un estudio completo en un centro psiquiátrico adscrito a la seguridad social, en Valencia.
Como es de suponer en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Sin decirlo, nadie se encontraba cómodo con aquella especie de milagro o broma del destino. En cualquier caso, dos días después de aquel suceso y una vez resueltos los trámites que me llevaron hasta allí, me despedí de aquellas gentes esperando volver a verles en un futuro no demasiado lejano.


Pasaron casi cinco años en los que perdí a mi madre, víctima de una penosa enfermedad. Por un reverencial respeto sólo entraba en la que fue la habitación de mis padres para quitar y barrer el polvo. Ni siquiera abrí el armario o algún cajón de las mesitas de noche. Nada.
En otro orden de cosas, mi trabajo como funcionario seguía siendo tan aburrido como siempre. Me ocupaba la mayor parte del día, así como los sábados por la mañana e incluso algún festivo según la onomástica. Mi mayor afición era ver el fútbol por la televisión, comprar periódicos deportivos y acercarme al canódromo. Ante la ausencia de familiares cercanos - una hermana de mi madre vivía en Sevilla y un primo hermano en Lugo -, mi poca habilidad en trabar relaciones con el sexo femenino, mi carácter introvertido, etc., mi vida era una solitaria rutina en la que me encontraba más o menos a gusto, pero siempre con aquella extraña sensación de avidez de que pasara algo.

Aprovechando unas vacaciones, tomé la decisión de rendir una nueva visita al villorrio donde había nacido mi padre, con la idea de vender la casa. Este vez me desplacé en vehículo, llevé mi coche hasta el corazón del pueblo, delante mismo del bar, que se encontraba cerrado. Me sorprendió el no haber visto a nadie, ni en los campos ni en el pueblo, todo aparecía cerrado a cal y canto, el ambiente denotaba abandono. Toqué la bocina varias veces con la esperanza que alguien la oyese y diera señales de vida. Fue en vano. Bajé del coche, me acerqué hasta la iglesia, me dirigí al colmado, al edificio donde había las oficinas del ayuntamiento... Eran las dos del mediodía y aquello no era más que un poblado fantasma. Intranquilo, subí al coche con la intención de marcharme y acercarme hasta un mesón de carretera que estaba a pocos kilómetros. Giré en la plaza para retomar el camino por donde había venido, cuando a lo lejos divisé una figura humana que se dirigía hacia el pueblo. Esperé que se acercara para abordarla. Aquel hombre era el hijo de Aniceto, estaba envejecido y sucio. “¿Usted es Gregorio, verdad?” Asintió con la cabeza. “¿Dónde está la gente del pueblo?” “En el pueblo sólo quedamos tres personas”. Le comenté la razón de mi presencia y mi extrañeza por el éxodo habido. Le animé a que me contara las circunstancias acaecidas. Se mostró dubitativo. Le ofrecí un cigarrillo. “¿No va a decírmelo?” Finalmente contestó: “La gente se ha marchado por miedo”.
Entonces escuché una voz interior, una voz que me decía que aquel misterio merecía implicación. Eran los ecos de las palabras de mi padre, a él le habría gustado resolver aquel enigma. Me dispuse a imitarle. “Me llamo Fernando, la última vez que estuve aquí tuve la oportunidad de asistir al entierro de su padre que por fortuna no estaba muerto”. Gregorio me miró como si hubiese mentado al diablo. “Disculpe, no quería ...” Se pasó una mano por la cabeza y dijo: “Nadie comprará su casa, nadie, no al menos hasta que pasen muchos años”. Ésta era una cuestión menor en aquel momento. Al fin me decidí: “Me gustaría invitarle a comer y conocer lo que ha pasado. Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre nacieron en este pueblo, siento la necesidad y la obligacion de conocer los detalles, por respeto a su memoria y por mi propio interés. Se lo ruego...” Se mesó los cabellos y aceptó.
Sentados delante el uno del otro, en el mesón Canales, a unos doce kilómetros del pueblo, a pie de carretera, Gregorio fue ensartando las causas de aquella migración. “Usted ha mencionado antes el suceso del día del entierro de mi padre. Ahí empezó todo. Resumiendo le diré que nada alrededor de mi padre fue igual que antes de aquel desdichado día. Para empezar, su personalidad sufrió un gran cambio: casi no salía de casa, habilitó una habitación sin ventanas donde dormía sólo, puso un cerrojo interior que impedía la entrada a la misma... Mi madre siempre le observaba con desconfianza, todos nos comportábamos como extraños, sin naturalidad. Como curiosidad le diré que el féretro, propiedad de la familia, convivía con nosotros, mi padre lo tenía al lado de la cama en su habitación, con los goznes amputados. A menudo insistía en que nunca dejáramos que se cerrase un ataúd en caso de fallecimiento. No hace falta que le diga que esta aprensión se hizo todavía más densa en relación a las gentes del pueblo. Cuando mi padre salía de casa, todo eran saludos huidizos, todos tenían prisa, se apartaban de él”.
Se tomó un pequeño respiro para apurar el vaso de vino. Le pedí que prosiguiera. Lo que siguió a continuación me dejó helado.
“Esta situación se prolongó por espacio de unos tres años. Hasta que un día de un caluroso mes de agosto, ya entrada la tarde, tras reiterados y vanos intentos por conseguir hablar con mi padre, mi madre y yo decidimos reventar la puerta de entrada de su habitación, temiéndonos alguna desgracia. Así fue, mi padre yacía muerto en el suelo. Después de colocar su cuerpo encima de la cama, mi madre pronunció:

- Gregorio, hijo, tu padre está muerto, pero antes avisar a un médico, teniendo en cuenta lo que pasó hace unos años, creo que seria oportuno esperar un día más, para que no haya ni una posible duda respecto de su muerte.
No me opuse. De este modo, pasadas veinticuatro horas de nuestro hallazgo, fuimos al bar del pueblo para realizar una llamada telefónica al médico de Albarracín. El médico se personó casi dos horas después, confirmando que la muerte de mi padre por infarto había ocurrido hacía unas cuarenta y ocho horas. Ante su extrañeza por nuestra tardanza en avisarle, mi madre comentó que Aniceto se había vuelto muy extraño desde su muerte fallida y que a veces se pasaba dos y tres días sin salir de su habitación, sin hablar con nadie.
El médico recomendó un entierro sin más dilaciones pues el cadáver ya daba señales de descomposición, con un abdomen algo hinchado y un hedor sulfuroso que producía náuseas. Tras una llamada urgente al cura, nos confirmó que al día siguiente, a las doce del mediodía, se celebraría el funeral por la muerte de mi padre.
Con la ayuda de mi madre pusimos el cuerpo de mi padre dentro del ataúd y acordamos que, para esta ocasión, prescindiríamos de la presencia de los empleados de pompas fúnebres, pues nuestra economía no nos permitía un nuevo gasto, a todas luces excesivo.
Al día siguiente, al levantarnos, comprobamos que el hedor de la muerte había cruzado la frontera de su habitación. Enseguida cerramos la tapa del ataúd y lo arrastramos hasta la puerta de casa. Luego, lo montamos en una carretilla grande y lo llevamos a la iglesia.
Todo el pueblo acudió al entierro, creo que con cierto alivio, pues nadie había sido capaz de superar la resurrección de mi padre. El cura hizo un sermón sin referencia alguna al pasado, exceptuando los consabidos tópicos. Aquello fue un entierro repetido, las emociones no fueron más que un leve reflejo de las originarias, mientras el perfume de la muerte se adentraba por todas las fosas nasales de los presentes. Cuando el cura terminó, enfiló por el pasillo central, subió a su automóvil y se marchó.
El pueblo en pleno estaba dentro de la iglesia, hablaban unos con otros, nos daban el pésame..., hasta que un grito angustioso rompió los murmullos. Doña Flora, enlutada de pies a cabeza había caído al suelo después de habernos alertado a todos. Muchos nos arremolinamos a su alrededor para socorrerla y conocer el motivo de su espanto. No fue necesario su testimonio, Unos y otros, con un terror absoluto pudimos observar como se movía la tapa del ataúd donde yacía mi padre, eran como desfallecidos intentos por abrir la tapa que se levantaba un par de centímetros y volvía a cerrarse. Nos quedamos paralizados, mi razón buscaba entre millones de explicaciones imposibles. Al fin, mi madre, desquiciada hasta lo más profundo de su ser, se abalanzó sobre el ataúd, gritando como una posesa: ¡Traigan una cuerda, ahí dentro habita un monstruo! Finalmente, de la sacristía trajeron unos manteles alargados que una vez anudados sirvieron para sellar el féretro”.
Imaginé la escena, resoplé. Gregorio prosiguió su relato:
“Desde entonces, en cada noche, en cada nube velando la luna, en cada rayo y en cada trueno, en cada aullido o viento extraño, se intuía la presencia del vagabundo de la muerte, la sensación de una amenaza desconocida que desataba un sentimiento de culpa y de terror. Era un silencio compartido que pesaba como una losa. Sin darnos cuenta, en el pueblo cada vez éramos menos, y eso acentuaba todavía más una atmósfera temible que recaía en las espaldas de unos pocos. Para colmo de males, mi madre se ahorcó, provocando la huida de la veintena de personas que todavía quedaban en el pueblo. Ahora, me acompañan en este lugar una pareja de ancianos, tan perdidos en sus recuerdos que ni siquiera recuerdan nada de lo vivido aquí”.
Alguien tomó una decisión en mi interior.
“Gregorio, creo que sufristeis una alucinación colectiva. Fuisteis víctimas de unos precedentes y de una serie de circunstancias malditas. Todavía faltan unas horas para que anochezca. Me brindo para desentrañar este misterio, acompáñeme hasta la tumba de su padre”.
No encontré resistencia, era un cachorro indefenso y asustado en manos de un destino cruel. El cementerio abandonado albergaba unas docenas de nichos y tumbas. Me indicó cuál era el nicho de su padre y procedimos a retirar la lápida, barnizada de cemento y con el nombre del finado escrito con algún objeto punzante. Yo mismo me sorprendí de tanta decisión por mi parte, el espíritu de mi padre me había poseído para no dejarme jamás. Arrastramos el ataúd con un fragor horripilante. Una vez en el suelo, desaté unos nudos liados con desesperación. Mire a Gregorio, su mirada era serena, fatalista, esperanzada, era una hoja a la deriva del viento.
Retiré la tapa y miré en el interior.
Había dos esqueletos.
El del padre de Gregorio y el de una rata.

No hicieron falta las palabras, Gregorio lo entendió todo. Levanté la vista al cielo y le dije a mi padre que me sentía digno heredero de sus vivencias y misterios.
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5 comentarios

x pibernat -

... esta rata que has dibujado es terrorífica. Es casi humana... :-)

laura -

normalmente cuando lees una novela en la que la última página aparece un "efecto sorpresa" (tal como el asesino era un personaje que nunca se había nombrado) te sientes frustrado.
Pero el efecto es completamente el contrario cuando aparece una "sorpresa ingeniosa" en cualquier tipo de relato corto.
Te ha quedado bordado, Xavier, y está muy-muy bien contado. Enhorabuena.

ninfamia -

Simplemente fantástico. Lo tuyo si que es vagabundear por las palabras.

burma -

Sencillamente Impresionante x.pibernat. Gracias por compartir.

jesús -

Lean Uds. este magnífico cuento que en exclusiva nos cede X. Pibernat y disfrutenlo. No tiene desperdicio.
Gracias, compañero, por tu generosidad.
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