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El hombre que se enamoró de la luna

El hombre que se enamoró de la luna /////////////////actualización 24/12/2005//////////////////////////////////
Nueve meses depués de la recomendación de Job, he leído:
Spanbauer, Tom, el hombre que se enamoró de la luna, Barcelona, 2002, Quinteto, El Aleph Editores, S.A.
A su buena reseña sólo me cabe añadir algunas perlas que justifican sobradamente cualquier acercamiento a esta imprescindible novela.

(p. 48) -Me folló hasta hartarme, toda una proeza -comentaba Ida-. Era como estar con una polla, ese chico. Nunca me ha sucedido algo parecido. La polla no se le había desarrollado del todo. Apenas tenía un pelo en los huevos. Sabía a carne joven, y créeme si te digo que lo recorrí entero.
(p.73) Ida Richilieu necesitaba su tiempo y sus cigarrillos delante del espejo entre las tareas del día y las tareas de la noche. Necesitaba contemplarse. Necesitaba beber de su vaso de whisky y contemplarse. A veces, Ida frente al espejo, yo veía el reflejo del licor, de los cigarrillos y el rostro tenso de una mujer mayor. A veces veía el reflejo de sus brazos endiabladamente esqueléticos y las descarnadas piernas de una jovencita. Lo veías cuando levantaba los brazos para estirarse el cabello. Esa mujer despedía el olor de sulfurosas primaveras o tierras profundas. La curva de su brazo bajando hasta el negro pelo de sus axilas,bajando hasta sus pechos, siempre me hacía pensar. Sus oscuros, redondos y grandes pezones golpeaban mi corazón igual que el vello negro de su agujero de mujer... golpeaba mi corazón cuando la veía, cuando la olía.
Y también algo más. Esos lugares de Ida -los pezones, el agujero de mujer, el culo, las axilas- no parecían pertenecerle del todo. Era como si esas partes fueran un añadido: un corsé en el que se metía y que preteba para trabajar por las noches. De día era la auténtica Ida: lavando, limpiando, barriendo; Ida, blanca y tersa, llevaba su negocio, gritaba órdenes para que se hicieran las cosas. Luego, por la tarde, Ida se introducía en su sexo, en aquellas partes suyas, sujetándolas con una correa, igual que thord Hurdlika se colocaba sus guantes de vaselina; Thord e Ida, dos trabajadores infatigables que procuraban conservar alguna parte de su cuerpo suave.
(p.140) Como sucede con la mayoría de los hombres, su sudor olía a semen y culo, incluso después de haberse lavado.
Dellwood Baker olía como la mayoría de los hombres sólo que más: olía como una bodega llena de manzanas podridas o patatas, o como las entrañas de un ciervo cuando abres un ciervo. Como el aliento de un caballo después de que el caballo ha comido peras. Un olor fuerte como el musgo de un manantial.
Su olor era como el que, supongo, despide un toro al olisquear a una vaca en celo: era un olor tan abiertamente sexual que te hacía retroceder.
(p.164) Lo primero que aprendí por mí mismo, sin que me lo dijera Ida, Dellwood, Alma u otra persona, mi primera auténtica verdad fue ésta: follar era igual que todo lo demás; lo que pensabas que hacías no era lo que estabas haciendo. Pensabas que estabas mamando y penetrando y besando, aguantando y eyaculando. Pero lo que en realidad hacías era contar una historia.
Antes que nada, de todos modos, necesitas saber que tienes una historia. Luego tienes que contarla. Saber cómo contar bien tu historia es importante, pero el secreto para follar bien es lo bien que sepas escuchar. Follar sólo sale bien cuando las dos historias empiezan a ser la misma historia -la historia de la trayectoria sexual humana-, cuando los dos cuerpos dejan de ser dos cuerpos y pasan a ser una única y gran laceración, un único corazón latiendo.
(p.165) Aquellos que tienen algo que necesitan esconder siempre odian a aquellos que no lo esconden...
(p.185) Los árboles parecían asustados.
Se apretaban juntos en el centro de un vacío. A ningún árbol en su sano juicio se le habría ocurrido jamás crecer en un lugar semejante... a no ser que los hubieran forzado a ello... y supuse que forzados a ello se habrían agrupado lo mejor que habían podido, como una familia, levantándose orgullosos y altos, proyectando sombra en un desierto que carecía por completo de ella.
(220)Mientras Charles Smith disparaba no dejé de mirar el cañón del rifle. La bala entró en mí, en mi corazón. Miré la sangre que me recorría el pecho. Volví a mirar hacia arriba. Los ojos salidos de Charles Smith eran los ojos del diablo. Su sonrisa, la sonrisa de la garganta rajada del cerdo; el destello de la bayoneta al rojo vivo clavada a fondo en su cerebro, hediéndose, de oreja a oreja.
Charles Smith volvió el arma en su dirección. Se metió el cañón en la boca. Disparó y los sesos le saltaron por el aire.
Y entonces: mi respiración, mi corazón.
Y un instante después, nada.
Charles Smith me había matado.
No había luz, sólo oscuridad.
(p.273) Ida siempre magnificando lo que realmente sucedió al tiempo que juraba que todo lo que decía era cierto, que era la palabra de Dios que, para Ida, nunca estaba demasiado lejos de la suya.
(p.280) El problema es que Alma creía estar enamorada de Dellwood Barker.
Alma Hatch creía que era amor. Pero no era amor. Ni tampoco la hierba. Se trataba sólo de la forma de ser de Alma.
(p.307) (...)decía que había que andarse con cuidado con las historias que te creías sobre la gente de color porque la mayoría de las historias que escuchabas sobre la gente de color las contaban blancos, y cuando hablaban de la gente de color la mayoría de los blancos se volvían un poco locos o completamente locos, y las historias sobre negros locos contadas por blancos locos tendrían que hacerte pensar.
(p.353) Lo cierto es que me entraron ganas de acercarme a donde estaban para preguntarles cómo hacerlo: estar tan limpio y convencido de tener razón. Cómo amar a Dios o a Joseph Smith o a quien fuera que hubiera que amar para que el sol brillara en ti de ese modo. Tú con tu madre, tu padre, tus hermanos y hermanas; tú con tus hijos, limpio y confiado; toda tu familia viviendo contigo en una casa con más de media ventana, con muchas habitaciones y a la que poder llamar hogar
Lo cierto es que quería ser blanco, quería ser tybo. Quería ser mormón. Tener las reglas de los mormones. Leer el Libro. Tener esposa e hijos. Tener un gran ataud y las cosas limpias y ordenadas cuando me muriera.
(p.360) Ida decía que los inviernos llegaban de tres en tres, y lo decía como lo decía todo. Como si no hubiera una sola posibilidad en el infierno de equivocarse.
(p.366) Lo que recuerdo del concurso es que el concurso empezó a media tarde y que el concurso empezó follando. No follando sino hablando de follar. (...) de haber podido habría dicho lo siguiente: quien mejor me ha follado es la bala de Charles Smith.
(p.438) Era uno de esos días perfectos de verano en las montañas de Idaho, cuando el aire es tal que no puedes decir dónde termina tu cuerpo y dónde empieza el mundo.



Job me recomienda:

SPANBAUER, Tom.El hombre que se enamoró de la luna Muchnik editores. Novela.

El hombre que se enamoró de la luna es un libro que no necesita que la literatura gay se ponga de moda, ni que los editores estén más interesados ahora que hace unos años en publicar libros que antes parecían destinados a un bien definido y reducido mercado. Es una novela capaz de llegar por méritos propios a un público que carezca de razones personales para interesarse por él, o sea, alcanzar la universalidad, el problema fundamental que se plantea a cualquier escritor ya sea indio, judio, homosexual, etc que pretenda hacer buena literatura. Y Tom Spanbauer lo ha conseguido con este libro.

Spanbauer empezó a vivir abiertamente su homosexualidad cuando se trasladó a Nueva York durante la revolución gay de los años 70; antes estuvo casado y desempeñó todo tipo de trabajos. Mientras escribía El hombre que se enamoró de la luna trabajó de portero en un edificio de Nueva York.

De El hombre que se enamoró de la luna lo menos que se puede decir es que es una novela sorprendente en muchos aspectos: de entrada sorprende el hecho de que consiga cautivarte tanto, se lee de un tirón. Sorprendente es también el realismo mágico impregnado de filosofía india que destila la prosa (?) de Spanbauer (el personaje central cree poder desaparecer a voluntad); sorprende que su autor no sea indio; y sorprende la deliciosa confusión de poesía, sexo, leyendas que parecen contadas por un anciano indio a la luz de la hoguera, opio, ternura y fantasía.

El personaje central, Cobertizo, toma el nombre del lugar donde recibía a sus clientes, Afuera-en-el-cobertizo; es medio indio y vive en el prostíbulo de Ida Richelieu, la alcaldesa de excellent (Idaho). Mantiene una relación edípica con el que cree que es su padre, el hombre que estaba enamorado de la luna, el vaquero de frondosos ojos verdes que le enseñará el arte de tener orgasmos sin eyacular. Junto a Alma Hatch, la mujer que llegó un dia al local de Ida y pagó en metálico para pasar la tarde con Cobertizo, los cuatro forman una familia en la que el amor se manifiesta en todas las formas posibles: compartiendo el sexo, el whisky, el opio, y el odio por los mormones de excellent, que serán incapaces de tolerar el, para ellos, pernicioso comportamiento de los habitantes del local de Ida.

"Breve historia de todas las cosas" Ken Wilber
http://www.agapea.com/BREVE-HISTORIA-DE-TODAS-LAS-COSAS-n124176i.htm

"Normas para el parque human" Peter Sloterdijk
http://www.agapea.com/NORMAS-PARA-EL-PARQUE-HUMANO-n100557i.htm

"El hombre que confundio a su mujer con un sombrero" Olivier Sacks
http://www.etiquetanegra.com.pe/revista/2004/17/sombrero.htm
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