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la piel de la cultura

la piel de la cultura De Kerckhove, Derric, la piel de la cultura, Investigando la nueva realidad electrónica, Barcelona, 1999, Gedisa

En la era electrónica, llevamos puesta a la humanidad como si fuera nuestra propia piel.
Marshall McLuhan

Esta frase de Mc(gurú-)Luhan sirve de pretexto a su discípulo aventajado para abordar en este libro multitud de aristas del poliedro de la cultura digital. Escrito con un estilo ameno, se reparte en multitud de artículos cortos, independientes y conexos a la vez. Publico uno de ellos en el que si sustituimos “televisión” por “blog”, “msm”, “videoconferencia”, o cualquiera de los mecanismos que utilizamos vía Internet, adquiere nuevas y acertadas connotaciones sin perder un ápice de vigencia.

(p.41)
TÚ NO MIRAS LA TELEVISIÓN, ELLA TE MIRA A TI

No hay mucho de “inocente” en la forma de usar nuestros ojos. El siguiente comentario pertenece a Jean_marie Pradier, profesor de arte dramático de la Universidad de París y fundador de la Asociación Internacional OHPB (Organized Human Performing Behaviours):

“La vida social, la sexualidad y la agresión están gobernadas principalmente por componentes visuales. Quizá por esta razón la acción de mirar fijamente está controlada por códigos precisos y reglas de juego. Éste es también el motivo de que la mayoría de las culturas humanas hayan creado objetos de libre contemplación (cuadros, esculturas, fotografías, películas) e individuos de libre contemplación (deportistas, bailarines, actores y actrices; pero también prostitutas, sacerdotes y personajes públicos) junto con espacios y acontecimientos públicos (teatro, carnaval, distritos urbanos animados) donde es posible actuar como un voyeur.”

¿Es la televisión un área de libre contemplación? Me di cuenta de la importancia de esta pregunta gracias a una inteligente instalación de vídeo arte de Mit Mitropoulos, un artista de comunicación griego procedente del MIT. En la obra Cara a cara dos participantes se sientan espalda contra espalda y conversan con la imagen del otro en tiempo real, gracias a un circuito cerrado de televisión. La experiencia, aparentemente simple, resultó inolvidable cuando participé en ella. Conociera o no de antemano a mi compañero de conversación, me sentí como si no existieran las barreras que usualmente se interponen cuando se mira fijamente a alguien. Uno podría meterse el dedo en la nariz, en el ámbito de esta nueva intimidad electrónica. Ciertamente, pude medir por primera vez la magnitud del terror que nos infunden los rostros en el contacto directo, pero lo que más me chocó fue que durante los últimos treinta años –sin darnos cuenta de ello-, habíamos estado viendo nuestras personalidades de la televisión sin un rastro de timidez. El voyeurismo televisivo es la “mirada sin censura”. Quizá la televisión proporciona un área de libre contemplación.
O así parece. El profundo grado de participación requerido para mirar, y el hecho de que la mayoría de nuestras respuestas sean involuntarias, son pruebas del cambio en la relación de poder entre el consumidor y el productor. Cuando leemos, examinamos los libros; nosotros tenemos el control. Pero cuando vemos la televisión, es el escáner de la televisión el que nos “lee” a nosotros. Nuestras retinas son el objeto al que se dirige la emisión electrónica. Cuando esa exploración encuentra la mirada, y se produce el encuentro ocular entre el hombre y la máquina, la mirada de la máquina es más poderosa que la nuestra. Frente al aparato de televisión nuestras defensas están vencidas; somos vulnerables y susceptibles a la seducción multisensorial. Por lo tanto, el significado real de Prime Time (hora de máxima audiencia potencial) podría ser el de hora imprimación* (*juego de palabras: Priming time* (*N. del T.), esto es, la mejor hora para imprimir en la mente del espectador. Como sugirió Tony Schwartz, crítico de televisión y ejecutivo de publicidad de Nueva York, “la televisión no es una ventana al mundo, es una ventana al consumidor.”
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