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Error Humano

Error Humano

Palahniuk, Chuck, Error humano, Barcelona, 2005, Mondadori, 256 páginas, 17 €
Suena paradójico (incluso me chirría oírmelo decir) pero escoger a Palahniuk fue un acto conservador. Verán. Yo ya he leído todo lo anterior a este libro que ha publicado en España el autor de El club de lucha y para el mes de agosto me había propuesto un par de lecturas ligeras (un tinto de verano que digo yo). Compré Los cien golpes de Melissa P. y L’instint de la Seducció de Sebastià Serrano. No acabé ninguno de los dos. El primero por tonto y el segundo por especulativo y falto de rigor antropológico.
Así que Chuck Palahniuk era una apuesta segura. Gané, aunque no en el modo en el que yo esperaba. Error humano es un libro atípico en la carrera literaria del autor. Para empezar no es una novela y (parece que) no es ficción. Se trata de una recopilación de artículos-reportaje en los que Chuck (disculpen la familiaridad) se muestra “sin guarnición”. El primer capítulo es toda una declaración al respecto de su manera de escribir, de sus procesos, de su manera de afrontar el fenómeno literario del cual indiscutiblemente es protagonista (Pueden leerlo aquí). Los capítulos que le siguen irán impregnados de esa confesión inicial. Chuck Palahniuk nos retrata bien mediante entrevistas a famosos, bien mediante reportajes de grupos anónimos, la sociedad “no oficial” norteamericana que le sirve de inspiración en sus novelas. Son sus grupos de interés y son, en parte, su propio retrato (abundan los apuntes autobiográficos y las reflexiones personales). Su escritura en este género en el que para la mayoría se nos presenta por primera vez sigue siendo brillante por directa, atrevida y honesta; donde el ruido de la sala de máquinas es un mero rumor casi imperceptible. Lo recomiendo a mis amigos.

Inflexión

Inflexión

Aquel iba a ser el día de las interrupciones.

-Por favor, Jesús, tranquilízate.
Ahí estaba aguantándome la mirada.
Un mono baja enseguida los párpados o se lanza a tu cuello. Un perro sostiene bastante bien el contacto visual con su amo.
El perro sería el punto "alfa" de la escala.
El mono sería el punto "omega" de la misma escala.
Y cuando miro a los ojos de Olga no puedo evitar contar: 1, 2, 3,… Antes de responder.
-Estoy tranquilo.
-Sí, pero respira; respira profundamente –dice.
-Si empiezas otra vez con esa mierda, entonces sí que me voy a poner nervioso.
-¿Qué mierda? ¡Creí que te funcionaba!
-No te enteras. Ya tengo edad. No soy yo quien se sube por las paredes por no acabar un polvo.
-Vamos, Jesús, relájate. Piensa en un lugar feliz.
-Vale, el infierno sin ti ¿Contenta?
-Tienes el corazón lleno de rencor.
-Tengo los cojones al límite de capacidad. Pero me aguanto.
-Vamos, respira.
-¿Y tú?
-Yo ya respiro, mira.
Los ejercicios demostrativos de Olga, lejos de convencerme…
-Prueba a jadear –le digo.
-¿Qué?
-Prueba a jadear. Prueba a correrte.
-Ya me he corrido.
-Ya.
-¡Ya me he corrido, cabrón! ¡Cada vez me corro! ¡Entérate!
Y dándome la espalda, mientras comenzaba a vestirse
-Pedazo de cabrón
-Eh, ¡Olga!
-Qué
-Piensa en un lugar feliz.

Con un gesto severo corté los reproches. Pocas cosas tan importantes como acudir a la llamada de mi teléfono móvil.
-Diga.

-Pero…


Colgué. Estaba furioso, con ganas de destrozar algo. Me sirvió un simple “ahí te quedas, nena” y salir corriendo en busca de mi coche. ¿Dije mi coche? Lo siento, mi coche estaba reparándose y aquel Smart era el vehículo de cortesía que me había proporcionado el taller. Olga era algo así como mi chochete de cortesía, dado que mi mujer, por así decirlo también estaba en el planchista.

Esto sucedía cuando lo que iba a ser este libro estaba prácticamente acabado. Su título iba a ser Adam X confidencial. Sin embargo la llamada de teléfono que interrumpió mi bronca con Olga anunciaba la inesperada muerte de mi mentor. Toda la información que posteriormente logré sacar a la luz me obligó a reescribirlo en su totalidad.

Un coito
Una discusión en el punto de humillar a mi oponente
Mi último libro
La vida de Adam
Así, por orden creciente en importancia y en una escala exponencial, todo se había truncado. En apenas cinco minutos. Que alguien escriba a Guinness World Records™.

sudor y otros humores

sudor y otros humores

Veamos. Acompáñenme a septiembre de 1998. Cierta fundación privada (digamos que de las más importantes del mundo) me había encargado un texto para el catálogo de la exposición “artists leaving the millenium”. Debía escribir a propósito de “th ssntls” el último proyecto de Adam X. Mi amigo era algo así como la joya de la corona de la exposición. Yo, aunque crítico mediocre, ya era quien mejor podía escribir sobre su producción. Eso pensaba el comisario. Y yo, bueno, lo que yo pensaba es que no tenía a dónde agarrarme. Ahora no parece una gran cosa pero en 1999 esos gráficos codificados que se expusieron por primera y única vez en La Sede Central necesitaban una explicación. Y sólo yo podía darla. Y no lo sabía. Por supuesto (he aquí el segundo flash-back) había visitado a El Artista inmediatamente después de recibir el encargo del catálogo. Como siempre me había vuelto de vacío. OK, no-de-vacío. Un montón de información, pero nada relevante. Revelante, si se quiere. Nada que me revelara qué era el proyecto “th ssntls”. Adam se había obsesionado con esa foto, en realidad una mala copia, tomada el 23 de septiembre de 1952 en Filadelfia, en la que Rocky Marciano está dando el golpe ganador a Jersey Joe Walcott. “Marciano conquistó el título de los pesados”-dijo Adam. Y dijo más: “mi trauma infantil fue no asistir a esa pelea. Fui a muchas otras, aunque sólo cuentan las que he vivido de bien cerca, en primera fila. Allí hueles a los hombres. El olor… el olor lleva el alma, Jesús”
Tú si que eres marciano -pensé.
Llegó diciembre. Àngels y yo quedamos para cenar como cada año por esas fechas. Àngels es doctora en química y jefa de laboratorio de una gran compañía dedicada a la gestión de residuos industriales. Le enseñé, a petición suya, en qué estaba trabajando: fotografías reducidas de los 4 gràficos de colorines de Adam.
-Son análisis de un espectrofotómetro de gases.
-Explícame eso-dije.

sudor y otros humores (II)

sudor y otros humores (II)

Lo que Adam expuso bajo aquel críptico título son las imágenes gráficas de cuatro olores. El título corresponde a las consonantes del concepto “the essentials”.
-El olor es la esencia, Jesús. Mira Van Helsing aspirando el alma de Mina.
Se refería a la escena del Drácula de Coppola en la que Hopkins utiliza su nariz de Hannibal Lecter para aprehender la candidez de Winona Ryder.
“th ssntls” fue criticada, por irrelevante. Del último artista-genio se esperaba algo más. Aquel “algo más” existía; Yo debería haber dado con ello, pero fue Jason Doherty quien se llevó el premio gordo con una de sus especulaciones que resultaría a la postre una hipótesis válida: cada grupo de dos letras del título corresponde a las iniciales de una mujer. T.H., S.S., N.T. y LS. Cada gráfico era el mapa de olor de una de esas mujeres. No mujeres “comunes”. No cualquier olor.
Aquella revelación, el chivatazo de una apuesta definitiva y arriesgada, fue fundamental en el declive de mi amigo. Algunos señores muy poderosos no pudieron soportar ciertas traiciones de las que les hablaré más adelante. Y lo que casi nadie entendió es que la genialidad no es incompatible con ser un viejo verde sin corazón. Revelar ese tipo de hipocresía es una de mis motivaciones para escribir “Las piedras grandes de Adam X”

hot copchick

hot copchick

No sería necesario llegar a estos niveles de perfectibilidad

asfalto 1; jesús bordas 0

asfalto 1; jesús bordas 0

o un partido difícilmente remontable

grafitti

grafitti

Más, en mis sumas y restas
como tú! como el cielo de mis estrellas!
Más, como a quien primer besa
Soy la doncella que tienen prisionera

nineth rule

nineth rule

A poco que ud. haya hecho caso de alguna de las tropocientas recomendaciones (todas ellas justificadas) para ver otras tantas veces El Club de la Lucha (David Fincher, 1999), quizás también se haya convertido (como yo) en un adicto. Una de las ventajas de saberse los diálogos es que ud. puede comprarse por el módico precio de 8.95€ (en Alcampo) el DVD, configurar el visionado en Inglés con subtítulos en Inglés y (mientras, digamos, hace la limpieza del piso) aprender por fin el idioma universal (si pensaban que el idioma universal es el amor, siento decepcionarles) y ahorrarse las cuotas de cualquiera de esas fábricas de fracasados que se autodenominan Academias de Idiomas.
Por ejemplo; Ud. ya sabe que la octava (y última) regla del club es que si esta es su primera noche en el Club de Lucha, tiene que luchar. Y lo sabe, porque lo sabe Tyler: And the eighth and final rule, if this is your first night at Fight Club, you have to fight.
si ud. es de los que sólo se permite tener películas de culto en blanco y negro sabrá que una de las pocas alternativas que resisten más de cuarenta visionados sea Gilda
Además, entre muchísimas curiosidades, uds. pueden encontrar declaraciones impertinentes como ésta de Helena Bonham Carter a propósito de la escena en la que se ve a Marla cabalgando a Tyler:
“Esta es la toma... debo añadir que no son mis pechos ¡Ojalá lo fuesen! Es una toma generada por ordenador, lo cual requería que Brad y yo hiciéramos posturas del Kamasutra durante 12 horas mientras nos hacían fotos con cámaras de fotografía fija.”
Dije “curiosidades” y dije “impertinentes”. De entrada (contemos con que alguien se crea a "la Carter") ¿Tiene algún sentido que a esta chica le impusieran digitalmente unas tetas falsas? ¿Preservación del desnudo? A la Carter ya la hemos visto desnuda en Wings of the dove. Además ¿Qué más da? Nadie dejó de creer en la autenticidad del santo sudario por más que los análisis concluyeran que era medieval.
O en palabras del guión:
Jack: You're fucking Marla, Tyler.
Tyler Durden: Uh, technically, you're fucking Marla, but it's all the same to her.
La fe cuenta.

tecnica alexander

tecnica alexander

Se trata de un procedimiento para re-educar el cuerpo y hacer que funcione de acuerdo a su diseño. Ya estoy deseando ver los resultados.

memorias de amor

memorias de amor

Parte de lo que diré se me antoja muy evidente. El interés que creo que subyace en la cantidad de iniciativas que se me ocurren es que por alguna misteriosa razón, nadie las concreta. Intentaré explicarme. Viendo el progresivo "divorcio integeneracional" que vivimos, que interpreto como uno de los síntomas claros de una sociedad enferma y la sangrante situación de desamparo (físico y emocional) e incomprensión de nuestros mayores, me propuse elaborar algún proyecto orientado a trabajar en positivo sobre el tema. El proyecto es un taller de "memorias de amor". Sigo explicándome. Se trata de, conjuntamente con el departamento municipal de servicios sociales, pedir a nuestros abuelos que nos explicaran su gran historia de amor. Por un dia, se les pedirá que abandonen los achaques y la contínua queja de una cotidianeidad ciertamente frustrante. Deben ser historias de amor y NO de desamor. Las historias cedidas (desde el primer momento con una licencia Creative Commons y respetando la voluntad de anonimato, cuando se requiera) deberán ser difundidas a cuanta más gente mejor. El año que viene tendremos radio municipal. Tampoco se me escapa la idea de publicar un libro. Creo, además, que puedo conseguir financiación privada para el proyecto. Tenemos mucho que aprender de nuestros mayores, ni que sea tener presente que hay historias que se repiten más allá del paso del tiempo. Debemos mucho a nuestros mayores, ni que sea un mínimo reconocimiento que alguno de ellos jamás han tenido a lo largo de toda una vida en la que, seguro, han hecho mucho de bueno.

Una defensa a dos pistolas

Una defensa a dos pistolas

Esto no es una clase de baloncesto.
Así me enseñó a defender el viejo zorro, entrenador de baloncesto como principal seña, y así lo llamaba: defensa a dos pistolas. Partía de dos conceptos básicos teóricos:
1. En defensa “al hombre” en realidad lo que nos interesa en cada momento es que la pelota no llegue a entrar en la canasta. Y si bien un hombre con pelota es “peligroso”, susceptible de encestar desde casi cualquier lugar del campo, no ocurre lo mismo con un hombre sin balón, tanto menos peligroso cuanto más alejado se haya del esférico.
2. Aunque nuestro ángulo visual abarca prácticamente 180 grados, la visión clara y eficaz a la hora de provocar una rápida reacción de produce en una horquilla que va de los 45 a los 60 grados.
De aquí que se deduce la posición del defensor: tanto más cerca de nuestro atacante cuanto más cerca esté del balón. Efectivamente, si nuestro atacante lleva la pelota le defenderemos a la mínima distancia, aquella que nos permite en todo momento mantener contacto físico. Si nuestro oponente no tiene balón nos mantendremos cierta distancia de él ¿A qué distancia? a la suficiente como para controlar visualmente la persona y el hombre. La posición de los brazos dibujan un ángulo de 45 grados de modo que cada una de las manos, pistolas simbólicas, apunten a nuestro hombre y a la pelota, respectivamente.
Con ello, los defensores que se encuentran en el lado de la pista opuesto a donde se encuentra la pelota ejercen mayor presión (ni que sea por acumulación de jugadores y por lo tanto, eliminación de espacios libres) sobre el atacante “armado”.
A mi me gusta pensar que puedo aplicar esta técnica ante las dicotomías, e incluso paradojas, que se plantean en la vida “real”. Así, ante dos ideas aparentemente opuestas que dan sendas explicaciones a un mismo fenómeno uno debe tomar cierta distancia para llegar a una buena comprensión ¿Cuánta distancia? Tanto más distancia cuanta más tierra de por medio tienen las ideas.

La fuerza de su brazo

La fuerza de su brazo

Era yo muy pequeño. Me acuerdo de las tardes de verano en las que veía en la tele películas de caballeros medievales. En una de esas películas una escena se me quedó grabada para siempre. Varios caballeros discuten entre si sobre estrategias de guerra. Dos de ellos, obligados a luchar en el mismo bando ante un enemigo común, enfrentan puerilmente sus diferentes niveles de testosterona. La discusión es a propósito de quién de los dos posee la mejor espada. Uno de ellos hace que un par de lacayos sostengan una barra de acero. De un golpe de espada parte la barra en dos y se muestra orgulloso de poseer un arma invencible. El segundo caballero, mientras coge prestado de una doncella un pañuelo de seda argumenta: "nos has mostrado el poder de tu brazo, no el filo de tu espada". Seguidamente lanza la delicada prenda al aire para que caiga lentamente sobre el filo de su acero y se divida en dos mitades.
Eso ocurre con algunos dibujos: unas veces cuenta la fuerza del brazo. Otras...el filo de la espada.
(si alguien sabe decirme de qué película hablo, le agradecería esa información)

extraño, extraño

extraño, extraño

Sucedió ayer, en pleno mes de julio con ola de calor a cuestas.

Saqué del bolsillo de la chaqueta el papel y comprobé la dirección: allí era. Tardaron en abrir el tiempo justo que necesité para prometerme que seguiría una vez más fiel a la empresa y me ceñiría al guión.
-¡Tío Carlos! ¡Feliz Navidad!
-¿Cómo está mi sobrino favorito? Anda, ayúdame con los regalos.
Entramos al salón donde Sonia y Andrés daban los últimos retoques a la mesa vestida de gala. Nos saludamos según las habituales normas de urbanidad: a una hermana dos besos y a un cuñado la mano. Aquella vez no hubo problema para repartir los presentes: el paquete pequeño y azul para el padre, el mediano y rosa para la madre y el grande estampado para el niño. La corbata, el perfume y el coche teledirigido fueron recibidos con gratitud. Cenamos en un clima de ideal y prevista armonía y cantamos los villancicos de rigor ante el pesebre. Antes de irse a dormir, el pequeño me dio un largo abrazo. Mientras Sonia cargaba con su hijo escaleras arriba Andrés me acompañó a la puerta.
-Gracias por venir-dijo dejando un billete de veinte euros en mi mano.
Se lo devolví con una sonrisa y citando el punto noveno de nuestro decálogo:
“En Familyrent cobramos un precio justo y no aceptamos propinas”.

copyfight

copyfight

Las jornadas del copyfight en el CCCB han sido magníficas. La organización estuvo genial, un clima estupendo, unos ponentes de lujo. Los beneficios colaterales pasan necesariamente por poner cara, voz y calor humano a algún y alguna Blogger de referencia. Es de agradecer especialmente la implicación política del proyecto, que no jugó en su planteamiento a debatir con “el enemigo”. Todos sabemos lo que queremos y se nos dio moral y justificación teórica para actuar. Citaré, tirando de anécdotas a J.P. Barlow, quien mostró su regocijo por lo que estaba viendo, por el público que tenía delante. Nos ganó con una arenga, una pueril y paternal estrategia que es buena, en tanto en cuanto es tremendamente sospechosa de una “gran verdad interior”: “Hoy en la CNN entrevistaban a Bill Clinton. Le han preguntado qué se necesita para ser uno de los grandes. Ha respondido que “comprender el mundo y el momento en el que se vive”. Vosotros que estáis aquí demostráis que tenéis todo lo necesario para ser “uno de los grandes”.Estrategias de gran conferenciante, claro, pero soportan la crítica feroz. Más tarde nos habló de la economía de las ideas, diferente de la economía de los objetos consumibles convencionales. Tras explicar el concepto de Adam Smith de oferta y demanda por el que un objeto deseado alcanza tanto más valor cuanto más exclusivo es, introdujo la “diferente economía de las ideas” por la que una idea que no es compartida vale de bien poco, mientras que una idea (o información) que se comparte y se extiende es muy valiosa para la sociedad, sin perjuicio del reconocimiento que bien merece el creador.
J.P. Barlow acabó su intervención con una autoreferencia a su comienzo: somos responsables del mundo que dejaremos: “sean unos buenos antepasados”.
En la rueda de preguntas y respuestas alguien preguntó qué podíamos hacer concretamente para mejorar la situación.

“Si tú crees que tienes algo valioso... digitalízalo y asegúrate que esté en la red. Compártelo”.

qué febril la mirada

qué febril la mirada

O también: No todas las milongas son recomendables

El dia 8 apareció una noticia en la web municipal gestionada por el ayuntamiento para el cual trabajo.

Les traduzco un fragmento de la noticia motivo de mi "post":
"Este mediodía y como muestra de condena y rechazo hacia los sangrientos actos terroristas perpetrados ayer en Londres, el alcalde, trabajadores, regidores i ciudadanos presentes en las dependencias municipales han guardado 5 minutos de silencio en la Plaza del Ayuntamiento."

Mi respuesta, en forma de e-mail directo a la persona encargada de gestionar el site (con copia al Alcalde y al Regidor del que dependo) fue (traduzco)la siguiente:

Buenas tardes,

Como bien sabes, hoy he asistido al actos simbólico de duelo en solidaridad con Londres convocado por nuestro Alcalde. Es por ello que creo susceptible de mejora la información que aparece en la web municipal, pues como bien sabes al acto no ha asistido ningún regidor, aunque algunos de ellos se encontraban presentes en las dependencias municipales. Creo que no se trata de recrearse con el hecho de la pobre asistencia de quien está en su derecho de escoger, pero igualmente (y más en los temas que nos ocupan) no veo correcto hacer ostentación de una obligación moral que además ha sido ignorada.

Es mi opinión, y ruego que no te lo tomes como algo personal. Ni siquiera sé si la redacción de la noticia es responsabilidad tuya. Mi ánimo es únicamente ayudar a mantener la credibilidad de la web que tan admirablemente gestionas.

Un abrazo

Jesús

A día de hoy, la mentira (una de tantas) sigue en su sitio. Bien es cierto que por su repercusión no les hablo más que de una "mentirijilla", pero en tanto que elemento extrapolable me reafirma en el escepticismo ante las informaciones de los "grandes medios". Tristes milongas.

excusas en torno a los dibujos

excusas en torno a los dibujos

A veces un dibujo es símplemente una excusa. Otras "lo demás" es una excusa para dibujar.
Nunca los límites están demasiado claros. Me explico mejor con ejemplos, creo. Verán, ante el terror vivido en los últimos días sólo cabe mirar hacia adelante, seguir (Go on, go on) y no trazar las derivas que esperan de cada uno de nosotros. Ya les expliqué sobre el escapismo erótico como estrategia. Mi lápiz hoy no era un sismógrafo registrando pulsiones sexuales. Y la frase vacía del día podría ser: "todo es muy extraño".

El vagabundo de la muerte (por x.pibernat)

El vagabundo de la muerte (por x.pibernat)

Mi padre siempre decía que la vida sin misterios no merecía ser vivida, por ello siempre andaba manejando alguno. Tenía una carpeta con más de trescientas hojas con dos apartados: “misterios por resolver” y “misterios resueltos”, con un índice, siempre provisional, de los mismos. Mi padre elegía algún misterio y lo escrutaba desde todas las ópticas posibles hasta llegar a alguna conclusión que le pareciera idónea, ya fuese al cabo de unos minutos, horas o años... Después, seguía con otro, y así sucesivamente. Era muy celoso de lo que ahí anotaba, sólo nos permitía - a mi madre y a mí - acceder a algún misterio a partir de deliberaciones verbales, siempre muy escasas. Cuando acaeció su muerte mi madre guardó sus resoluciones e interrogantes en uno de los cajones del armario ropero, como una continuidad en el sigilo y discreción que había mantenido mi padre respecto a aquellos escritos. Nos dimos un tiempo sin fecha prevista antes de acceder a aquellas páginas abigarradas de letra pequeña, asfixiada en renglones que se tocaban los unos con los otros. Un tiempo que llegaría cuando tuviese que llegar, como todo en la vida.
En la primera página hay escrito un párrafo en letras de un tamaño superior al normal: “Cada leyenda tiene su origen, su misterio... A veces, para desentrañar los misterios, es preciso removerlo todo, ahondar en el alma de uno hasta el agotamiento. En otras, en cambio, los misterios se solventan con sólo cerrar los ojos”.


Mi padre murió a los setenta años recién cumplidos sin haber realizado testamento. Mi madre con cincuenta y ocho años quedó como usufructuaria de sus bienes, recayendo en mi persona la totalidad de la herencia. La gestión de la misma se hizo acorde a lo que tantas veces se había hablado en las sobremesas de las comidas del domingo. El primer paso fue acudir al pueblo natal de mi padre para comunicar a algún pariente y amigos su deceso, así como revisar el mantenimiento de una casa propiedad de mi padre, una casa en la que habían nacido su abuelo, su padre y un hermano, todos ya fallecidos.

Así, un día del mes de noviembre del año 1.967, tomé un tren en la estación de Francia de Barcelona, en dirección a Sagunto donde pernocté, para al día siguiente subir a un autobús que me llevó a Teruel. Allí, otro autobús me dejó a unos ocho kilómetros de un pueblecito olvidado, enclavado en los Montes Universales. Finalmente, después de caminar la mitad del trayecto, un lugareño me hizo sitio en el tractor hasta llegar a las inmediaciones del pueblo. Nos pusimos al corriente de algunas cuestiones relativas al pueblo y a mi presencia en aquellos parajes.
En el pueblo no vivirían más de ochenta personas. Ésta era la tercera vez que visitaba aquel lugar, la última fue hace unos doce años, cuando falleció mi abuelo.
A las tres de la tarde el bar estaba bastante concurrido. Al entrar fui objeto de las miradas de todos los contertulios. Me dirigí al propietario del local, aunque tuve que presentarme pues no me reconoció. Después de saludarnos, requirió silencio y comunicó a los presentes mi identidad: “Este muchacho es Fernando, el hijo de Esteban Herrero”. Muchos habían sido amigos de mi padre, o simples conocidos que me escrutaron en busca de semejanzas físicas. La mayoría recordaba a un chaval de catorce años que había acudido al entierro de su abuelo.
Cuando estaba tomando el café, las campanas de la iglesia convocaron a los feligreses a un entierro. El muerto era Aniceto, antiguo amigo de mi padre, que dejaba mujer y un hijo. Me dije que no podía faltar, por lo que acompañé a las gentes del pueblo a darle el último adiós. En el interior de la iglesia, los de pompas fúnebres, venidos de Teruel, habían colocado el féretro en el pasillo de la iglesia, delante mismo del altar. En voz baja, me fueron presentando a unos y a otras, hasta llegar a la viuda e hijo. Les di el pésame y me situé unos bancos más atrás. El cura de la comarca no tardó en aparecer. Todo en orden.
El acto transcurrió sin demasiada solemnidad. Se loaron las virtudes del finado y se leyeron algunos versículos de la Biblia. En plena lectura de uno de ellos: “... y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento, ni clamor ...”, una terrible agitación conmovió el sopor general. Las personas cercanas al ataúd fueron presas de un ataque de histeria. Desmayos, gritos, pánico... Una frase tomó vida en la cúpula eclesial: ¡¡¡¡Está vivo, está vivo!!!!

Fueron unos minutos aterradores. Según decían algunas personas cercanas al ataúd se habían escuchado sordos golpes y una voz cavernosa que salía de su interior. Al exigirse silencio por parte de los más serenos en aquella histeria colectiva, todos pudimos escuchar unos gemidos que provenían de la caja mortuoria. Los empleados de pompas fúnebres acudieron a liberar los goznes con una inmaculada expresión de miedo. En la iglesia la tensión era insoportable. Al fin, levantaron la tapa y se echaron atrás. Entonces, el presunto muerto se levantó como un resorte, quedando en posición de asiento dentro del ataúd. Sus ojos, desorbitados, nos miraron acusadores. Todos advertimos que aquel hombre ya no era Aniceto, era alguien desconocido. El hijo de Aniceto le dirigió unas palabras temblorosas: “¿Padre, padre, cómo se encuentra...?” Pero Aniceto no contestó. Se puso boca abajo, buscó apoyo, sacó una pierna de la caja, con una mano se sujetó a una de las varas de las andas y finalmente saltó al suelo. Nadie le ayudó en su acción, su salto a la vida provocó una temerosa reacción en todos los asistentes a la ceremonia.
Era una situación que parecía irresoluble hasta que el cura acudió en ayuda de todos: “Hermanos, acojamos a Aniceto en su nuevo despertar a la vida. Hermanos, hagamos de esto una fiesta y no un motivo de desconfianza”. Entonces el cura bajó del púlpito y fue a abrazarse con Aniceto. La escena dio un giro absoluto, el miedo descendió a un umbral más controlable y la ex viuda se abrazó a su marido llorando de manera desconsolada. Su hijo hizo lo propio. Fue después que, algunos vecinos más repuestos, se fueron acercando para dar la mano y abrazar a aquel hombre completamente desorientado.
Se requirió con urgencia la presencia del médico que vino de Albarracín, quien dictaminó que Aniceto había sido víctima de una catalepsia, un estado especial de completa rigidez, insensibilidad e inmovilidad, donde el corazón late con una frecuencia bajísima. Le prescribió unos días de descanso con reiteradas aspersiones de agua fría en la cara y le hizo un volante para que, en días posteriores, se le realizara un estudio completo en un centro psiquiátrico adscrito a la seguridad social, en Valencia.
Como es de suponer en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Sin decirlo, nadie se encontraba cómodo con aquella especie de milagro o broma del destino. En cualquier caso, dos días después de aquel suceso y una vez resueltos los trámites que me llevaron hasta allí, me despedí de aquellas gentes esperando volver a verles en un futuro no demasiado lejano.


Pasaron casi cinco años en los que perdí a mi madre, víctima de una penosa enfermedad. Por un reverencial respeto sólo entraba en la que fue la habitación de mis padres para quitar y barrer el polvo. Ni siquiera abrí el armario o algún cajón de las mesitas de noche. Nada.
En otro orden de cosas, mi trabajo como funcionario seguía siendo tan aburrido como siempre. Me ocupaba la mayor parte del día, así como los sábados por la mañana e incluso algún festivo según la onomástica. Mi mayor afición era ver el fútbol por la televisión, comprar periódicos deportivos y acercarme al canódromo. Ante la ausencia de familiares cercanos - una hermana de mi madre vivía en Sevilla y un primo hermano en Lugo -, mi poca habilidad en trabar relaciones con el sexo femenino, mi carácter introvertido, etc., mi vida era una solitaria rutina en la que me encontraba más o menos a gusto, pero siempre con aquella extraña sensación de avidez de que pasara algo.

Aprovechando unas vacaciones, tomé la decisión de rendir una nueva visita al villorrio donde había nacido mi padre, con la idea de vender la casa. Este vez me desplacé en vehículo, llevé mi coche hasta el corazón del pueblo, delante mismo del bar, que se encontraba cerrado. Me sorprendió el no haber visto a nadie, ni en los campos ni en el pueblo, todo aparecía cerrado a cal y canto, el ambiente denotaba abandono. Toqué la bocina varias veces con la esperanza que alguien la oyese y diera señales de vida. Fue en vano. Bajé del coche, me acerqué hasta la iglesia, me dirigí al colmado, al edificio donde había las oficinas del ayuntamiento... Eran las dos del mediodía y aquello no era más que un poblado fantasma. Intranquilo, subí al coche con la intención de marcharme y acercarme hasta un mesón de carretera que estaba a pocos kilómetros. Giré en la plaza para retomar el camino por donde había venido, cuando a lo lejos divisé una figura humana que se dirigía hacia el pueblo. Esperé que se acercara para abordarla. Aquel hombre era el hijo de Aniceto, estaba envejecido y sucio. “¿Usted es Gregorio, verdad?” Asintió con la cabeza. “¿Dónde está la gente del pueblo?” “En el pueblo sólo quedamos tres personas”. Le comenté la razón de mi presencia y mi extrañeza por el éxodo habido. Le animé a que me contara las circunstancias acaecidas. Se mostró dubitativo. Le ofrecí un cigarrillo. “¿No va a decírmelo?” Finalmente contestó: “La gente se ha marchado por miedo”.
Entonces escuché una voz interior, una voz que me decía que aquel misterio merecía implicación. Eran los ecos de las palabras de mi padre, a él le habría gustado resolver aquel enigma. Me dispuse a imitarle. “Me llamo Fernando, la última vez que estuve aquí tuve la oportunidad de asistir al entierro de su padre que por fortuna no estaba muerto”. Gregorio me miró como si hubiese mentado al diablo. “Disculpe, no quería ...” Se pasó una mano por la cabeza y dijo: “Nadie comprará su casa, nadie, no al menos hasta que pasen muchos años”. Ésta era una cuestión menor en aquel momento. Al fin me decidí: “Me gustaría invitarle a comer y conocer lo que ha pasado. Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre nacieron en este pueblo, siento la necesidad y la obligacion de conocer los detalles, por respeto a su memoria y por mi propio interés. Se lo ruego...” Se mesó los cabellos y aceptó.
Sentados delante el uno del otro, en el mesón Canales, a unos doce kilómetros del pueblo, a pie de carretera, Gregorio fue ensartando las causas de aquella migración. “Usted ha mencionado antes el suceso del día del entierro de mi padre. Ahí empezó todo. Resumiendo le diré que nada alrededor de mi padre fue igual que antes de aquel desdichado día. Para empezar, su personalidad sufrió un gran cambio: casi no salía de casa, habilitó una habitación sin ventanas donde dormía sólo, puso un cerrojo interior que impedía la entrada a la misma... Mi madre siempre le observaba con desconfianza, todos nos comportábamos como extraños, sin naturalidad. Como curiosidad le diré que el féretro, propiedad de la familia, convivía con nosotros, mi padre lo tenía al lado de la cama en su habitación, con los goznes amputados. A menudo insistía en que nunca dejáramos que se cerrase un ataúd en caso de fallecimiento. No hace falta que le diga que esta aprensión se hizo todavía más densa en relación a las gentes del pueblo. Cuando mi padre salía de casa, todo eran saludos huidizos, todos tenían prisa, se apartaban de él”.
Se tomó un pequeño respiro para apurar el vaso de vino. Le pedí que prosiguiera. Lo que siguió a continuación me dejó helado.
“Esta situación se prolongó por espacio de unos tres años. Hasta que un día de un caluroso mes de agosto, ya entrada la tarde, tras reiterados y vanos intentos por conseguir hablar con mi padre, mi madre y yo decidimos reventar la puerta de entrada de su habitación, temiéndonos alguna desgracia. Así fue, mi padre yacía muerto en el suelo. Después de colocar su cuerpo encima de la cama, mi madre pronunció:

- Gregorio, hijo, tu padre está muerto, pero antes avisar a un médico, teniendo en cuenta lo que pasó hace unos años, creo que seria oportuno esperar un día más, para que no haya ni una posible duda respecto de su muerte.
No me opuse. De este modo, pasadas veinticuatro horas de nuestro hallazgo, fuimos al bar del pueblo para realizar una llamada telefónica al médico de Albarracín. El médico se personó casi dos horas después, confirmando que la muerte de mi padre por infarto había ocurrido hacía unas cuarenta y ocho horas. Ante su extrañeza por nuestra tardanza en avisarle, mi madre comentó que Aniceto se había vuelto muy extraño desde su muerte fallida y que a veces se pasaba dos y tres días sin salir de su habitación, sin hablar con nadie.
El médico recomendó un entierro sin más dilaciones pues el cadáver ya daba señales de descomposición, con un abdomen algo hinchado y un hedor sulfuroso que producía náuseas. Tras una llamada urgente al cura, nos confirmó que al día siguiente, a las doce del mediodía, se celebraría el funeral por la muerte de mi padre.
Con la ayuda de mi madre pusimos el cuerpo de mi padre dentro del ataúd y acordamos que, para esta ocasión, prescindiríamos de la presencia de los empleados de pompas fúnebres, pues nuestra economía no nos permitía un nuevo gasto, a todas luces excesivo.
Al día siguiente, al levantarnos, comprobamos que el hedor de la muerte había cruzado la frontera de su habitación. Enseguida cerramos la tapa del ataúd y lo arrastramos hasta la puerta de casa. Luego, lo montamos en una carretilla grande y lo llevamos a la iglesia.
Todo el pueblo acudió al entierro, creo que con cierto alivio, pues nadie había sido capaz de superar la resurrección de mi padre. El cura hizo un sermón sin referencia alguna al pasado, exceptuando los consabidos tópicos. Aquello fue un entierro repetido, las emociones no fueron más que un leve reflejo de las originarias, mientras el perfume de la muerte se adentraba por todas las fosas nasales de los presentes. Cuando el cura terminó, enfiló por el pasillo central, subió a su automóvil y se marchó.
El pueblo en pleno estaba dentro de la iglesia, hablaban unos con otros, nos daban el pésame..., hasta que un grito angustioso rompió los murmullos. Doña Flora, enlutada de pies a cabeza había caído al suelo después de habernos alertado a todos. Muchos nos arremolinamos a su alrededor para socorrerla y conocer el motivo de su espanto. No fue necesario su testimonio, Unos y otros, con un terror absoluto pudimos observar como se movía la tapa del ataúd donde yacía mi padre, eran como desfallecidos intentos por abrir la tapa que se levantaba un par de centímetros y volvía a cerrarse. Nos quedamos paralizados, mi razón buscaba entre millones de explicaciones imposibles. Al fin, mi madre, desquiciada hasta lo más profundo de su ser, se abalanzó sobre el ataúd, gritando como una posesa: ¡Traigan una cuerda, ahí dentro habita un monstruo! Finalmente, de la sacristía trajeron unos manteles alargados que una vez anudados sirvieron para sellar el féretro”.
Imaginé la escena, resoplé. Gregorio prosiguió su relato:
“Desde entonces, en cada noche, en cada nube velando la luna, en cada rayo y en cada trueno, en cada aullido o viento extraño, se intuía la presencia del vagabundo de la muerte, la sensación de una amenaza desconocida que desataba un sentimiento de culpa y de terror. Era un silencio compartido que pesaba como una losa. Sin darnos cuenta, en el pueblo cada vez éramos menos, y eso acentuaba todavía más una atmósfera temible que recaía en las espaldas de unos pocos. Para colmo de males, mi madre se ahorcó, provocando la huida de la veintena de personas que todavía quedaban en el pueblo. Ahora, me acompañan en este lugar una pareja de ancianos, tan perdidos en sus recuerdos que ni siquiera recuerdan nada de lo vivido aquí”.
Alguien tomó una decisión en mi interior.
“Gregorio, creo que sufristeis una alucinación colectiva. Fuisteis víctimas de unos precedentes y de una serie de circunstancias malditas. Todavía faltan unas horas para que anochezca. Me brindo para desentrañar este misterio, acompáñeme hasta la tumba de su padre”.
No encontré resistencia, era un cachorro indefenso y asustado en manos de un destino cruel. El cementerio abandonado albergaba unas docenas de nichos y tumbas. Me indicó cuál era el nicho de su padre y procedimos a retirar la lápida, barnizada de cemento y con el nombre del finado escrito con algún objeto punzante. Yo mismo me sorprendí de tanta decisión por mi parte, el espíritu de mi padre me había poseído para no dejarme jamás. Arrastramos el ataúd con un fragor horripilante. Una vez en el suelo, desaté unos nudos liados con desesperación. Mire a Gregorio, su mirada era serena, fatalista, esperanzada, era una hoja a la deriva del viento.
Retiré la tapa y miré en el interior.
Había dos esqueletos.
El del padre de Gregorio y el de una rata.

No hicieron falta las palabras, Gregorio lo entendió todo. Levanté la vista al cielo y le dije a mi padre que me sentía digno heredero de sus vivencias y misterios.

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el cuchillo de marcel (III y final)

el cuchillo de marcel (III y final)

Aquel mismo 1996 empecé a recibir en mi dirección del apartado de correos las primeras cartas relacionadas con el "Proyecto Cuchillo de Marcel". Primero una de tarde en tarde, después tantas que no podía contestar a todas y me veía obligado a discriminar las respuestas.
Las traducciónes "Marcel´s knife project", "couteau de Marcel", "Marcel´s Messer" ni siquiera son mías.
En 1998 había cuatro páginas web en internet que hablaban del cuchillo de Marcel.
En 1999 veinticuatro.
En el 2000 setenta y tres.
En 2002 pasado cualquier motor de búsqueda podía encontrar más de trescientas respuestas a la entrada Marcel+cuchillo+knife.
Otra opción de búsqueda es Marcel+blade.
Dejé de contestar a los envíos que me llegaban vía correo porque me enteré que en algunos círculos se había creado un mercado de fetiches relacionados con el proyecto y donde mis cartas empezaban a cotizarse. Había cierto timadorcillo que incluso expedía un certificado de autenticidad “para evitar los fraudes". Y es que aparecieron falsificaciones. Algunas de ellas muy burdas escritas en perfecta jerga neoyorquina y en "spanglish". Las más elaboradas imitan mi caligrafía y los sobres llevan sellos españoles y están franqueadas en Madrid. Las hacía un mejicano que las enviaba en paquetes a Madrid a algún amigo que las devolvía una a una con su sobre y su sello. Yo mismo me he sentido tentado de empezar una colección de documentos en los que se falsifica mi identidad
Hay también varias personas que se hacen pasar por mi y mantienen correspondencia con "acólitos" de una nueva, pequeña y emergente secta. El más famoso utiliza el nick de knifegrinder (afilador)
En Octubre de 2004 se celebró en Francia la primera Tenida de la Orden del cuchillo de Marcel, una logia de la que no se conocen los objetivos, pero que velaron por la exclusividad y el buen nombre de “la institución”. Así lo llamaban, pero con mayúsculas: LA INSTITUCIÓN. Lo cierto es que acabaron con toda actividad no-oficial. Y me atrevo a publicar esto porque el año pasado el cuchillo se les fue de las manos y hubo una víctima. Y la gendarmería actuó. Y porque hace gracia cuando una artista te manda un video de una performance que hizo en Nueva York con el cuchillo, o cuando alguien te explica que ha convertido a su cuchillo en juguete sexual, o cuando ves en Internet algún foro dedicado al tema. Pero no hace nada de gracia recibir de alguien “su última carta” (sic) explicando que cuando la estuvieras leyendo ya se habría cortado las venas.
Así que ya saben: si Uds. quieren pueden pertenecer a la segunda generación, pero manténganme informados.

el cuchillo de marcel (II)

el cuchillo de marcel (II)

¿Les suena algo llamado la navaja de Occam?
Guillermo de Occam ¿Les suena?
No sale en la prensa amarilla
Ni en dónde estás corazón
Ni en salsa rosa
Guillermo de Occam vivió en el siglo XIV.
Esa navaja, la navaja de Occam, digo, es una idea, un principio de economía. Economía en el sentido de simplicidad.
Como "economía de medios", o algo así.
La idea separaba a la ciencia de la teología e inició el camino de una filosofía libre y abierta a la razón.
A Occam no lo quemó la Inquisición. Guillermo de Occam era un monje franciscano.
“La navaja de Occam" es un principio filosófico que defiende que de entre dos explicaciones válidas para un mismo fenómeno, la más simple es la correcta.
La idea original tal y como la formuló el monje dice así: Entia non sunt multiplicanda sine necesitate.
Bueno, si dejamos a un lado la teoría, lo más interesante de mi tesina de antropología es que se convertía en un trabajo de campo sobre la creación de un mito a finales del segundo milenio en Occidente.
Bien, si "La navaja de Occam" es un axioma filosófico y un método de ciencia, "El cuchillo de Marcel" es-otra-cosa. Es la puta antítesis de la navaja de Occam. No es estrictamente un amuleto, aunque bien podría serlo. Y podría por ser un objeto portátil al que se atribuye alguna virtud sobrenatural para alejar algún daño o peligro, o para propiciar algo. Ya sabes...un amuleto. En este caso para propiciar algo. En esto no sería muy diferente de los objetos menudos de los pueblos de la antigüedad y que usan todavía los aborígenes que viven en su hábitat natural o en reservas.
El cuchillo no es un amuleto porque siempre hay una conciencia de la artificialidad. No hay una superstición a pies juntillas de sus poderes sobrenaturales. No es estrictamente un amuleto.
Podría ser perfectamente un catalizador.
El trabajo incluía un anexo con diferente documentación que demostraba cómo se estaba gestando un falso mito con ritual incluído. Dieciseis personas presentaban pruebas de haber utilizado un cuchillo que habían bautizado con el nombre de "el cuchillo de Marcel". Yo inicié a cuatro de ellas. Tres de estas personas iniciaron a su vez a diez de las cuales a ocho yo no conocía de nada. A su vez dos de estos diez iniciaron a dos en lo que ya era la cuarta generación. Todo ello en tan sólo cuatro meses. Todas esas personas conocían unas pocas reglas básicas como que debían informar al nuevo a qué generación correspondían y que debían enviar algún testimonio o mejor una prueba de su pertenencia a mi apartado de correos. Hasta hoy tengo contabilizadas mil ciento nueve personas en nueve generaciones, que se dice rápido. Las que habrá que no tenga controladas

Yo había acabado mi exposición pública dirigiéndome a las treintaipico personas que había en clase con un: "Vosotros podeis pertenecer a la segunda generación"."