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ellosnoexisten

Adam X

autismo voluntario y sospechoso

autismo voluntario y sospechoso Bárbara me ha recibido con el morro arrugado. No sé, acabo de entrar en la casa. Lo único que he hecho es cerrar la puerta con cuidado de no hacer ruido, llevo los zapatos limpios y no he encendido ninguna luz innecesaria.
Adrián tiene fiebre. No ha sido de repente. Al parecer llamaron desde el colegio. “Con treinta y ocho y medio que me lo han dado. Lleva toda la tarde tontísimo. Menos mal que se ha dormido bien. No estoy para hostias, Jesús”  Cuando uno vuelve a casa jodido sabe que la descarga injusta de malhumor de su mujercita tampoco es la solución correcta al desencaje del mundo.
Yo, en esos momentos me acuerdo del día en que mi chica decidió dejar de ser promiscua y dejarse crecer una barriga. O quizás fuera al reves. Es decir: se quedó embarazada y dejó de follarse también a otros.
-Ahora subiré a darles un beso, a los dos.

Hasta el momento la vida de ese niño, pobrecito él, ha consistido en gran parte en dar por culo más de lo que yo hubiera jurado que aguantaría. El chico ha salido a su madre, aunque tenga mis ojos y el autismo voluntario y sospechoso de, descanse en paz, Adam.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

reología de las ideas

reología de las ideas Bárbara llevaba veinte minutos hablando por teléfono. Caminaba descalza de un lado al otro del piso, esparciendo en aroma de una mujer recién aseada, perfumada y seducida a través del inalámbrico. Sólo entendí las últimas y sorprendentes frases: Lo tengo aquí. Te lo paso. Otro para ti.
Era Adam. Quería verme lo antes posible.
-En una hora estoy allí.
Tardé cincuenta minutos.
-Voy a leerte algo y quiero tu opinión sincera. Un periodista me pregunta sobre las razones que me llevaron a hacer la serie de eyaculaciones.
Asentí. Les transcribo una pequeña parte de la disertación que escuché, sólo para que conozcan el tono del discurso:
Son razones seminales en las dos acepciones de “seminal”: la original, capaz de engendrar vida en un sujeto pasivo, y la masculina, de semen. Ambas acepciones se unen en la idea del fluído viscoso con retrogusto a lejía que sirve para untar una escultura de cera e insuflarle vida. El Golem es un monstruo, y no se olviden de que también es falso.
-¿Y bien? –dijo.

-Me parece un pedazo de mierda postmoderna que esconde tras palabras oscuras un vacío más oscuro todavía –contesté con la voz vacilante de un locutor de radio amateur en su primer día.

Un locutor al que le jodiera que alguien flirteara con su mujer, se entiende.

Adam sonrió y me entregó el papel.

Era un artículo publicado en M-Art, de un par de folios de extensión. Llevaba por título “Reología de las ideas. La tixotropía del pensamiento de Adam X” y la firmaba un tal J. Doherty.

despachos varios

despachos varios

(decíamos) -Yo quería proponerte que me dejaras aprovecharme de nuestra relación para hacer mi tesis doctoral sobre ti. Bueno, sobre Adam X (/decíamos)

 

Les diría que un rayo de fuego innombrable me dictó algo así como “no tomarás en vano el nombre del señor tu Dios, porque no dejará el Señor sin castigo al que tomare en vano el nombre del Señor Dios suyo”, aunque en realidad lo que dijo mi acompañante fue “Yo soy Adam X”. Eso sí, lo pronunció en el mismo tono de cabreo que aquel que les dije.

-Ya, ya –me apresuré. Eso quiero decir, que si me dejarías que hiciese mi tesis sobre ti.

-Deberás consultárselo a Raimond.

No osé preguntar por qué su secretario era quien tenía potestad para resolver mi petición. Pagamos y nos mantuvimos en silencio hasta despedimos unos metros antes de llegar a su casa. En la puerta, Raimond parecía despachar a quien me pareció bien pudiera ser una socia benefactora de la recién creada Adam X Reseach Foundation o la esposa aburrida de un empresario habitante del puente aéreo o quizás una puta con clase. Por aquel entonces yo no tenía porqué saber que hay damas que no renuncian a nada.

Tampoco tenía la capacidad de imaginarme lo propio de mi chica. De hecho durante mi vuelta a casa visualicé el plan perfecta relajación, con el plan b perfecta relajación incluído.

Uno: la mujer de mi vida me esperaría en casa dispuesta y solícita ante mi pulsión sexual.

Dos: Mi mano derecha estaría dispuesta y solícita ante mi pulsión sexual.

 

Repriman su curiosidad para otros menesteres, por favor.

confidencialidad

confidencialidad (decíamos) -No consigo ver la relación con llamar hijo de perra al pobre tipo, la verdad -dije. (/decíamos)


-No la hay, más allà de la coincidencia en el tiempo. Yo no dije que hubiera una relación.

-¿Entonces?

-Entonces qué.

-¿Por qué el tipo es un hijo de perra?

-Y yo qué sé. No todo tiene una causa racional. Además, buscarle un motivo ya sería justificarle. Hemos llegado.


Tampoco todas las conversaciones con Adam eran dignas de ser transcritas.

Comimos, bebimos vino de la casa. Y entonces lo soltó:

-Quiero que trabajes para mi.

Y sin darme tiempo a reaccionar expuso más o menos lo siguiente:

Deberás guardar muchos secretos. De puertas a dentro de “Las piedras grandes” todo quedará entre nosotros.

-Qué hay de tu asistente?

-Cuando digo “nosotros” lo incluyo a él.

Él sabe guardar el oro en paños, o en el lugar en el que se custodiaría un video porno delicioso pero que por nada del mundo debería conocer tu actual pareja.

-No tengo secretos para Bárbara, Adams.

-Eso es porque en el video en cuestión no te estás tirando a otra.

-Cierto, no hay tal video.

-Y que no lo haya, Jesús. Bárbara es una individua de esas que dan nombre a una categoría y que sacan al obsesionado entomólogo que llevo dentro.

Soy de natural asustadizo, así que continué de una sola pieza casi temblando fuerte.

Y añadió: “un entomólogo a quien le valen ciertos cuerpos, incluso un cuarto de hora después de muertos”.

No necesitaba que me acojonaran más. Sin embargo él no estaba por mis necesidades:

-Para ayudarte en esa tarea te haré firmar un contrato de confidencialidad del tipo “si lo incumples me quedo hasta con el D.I.U de tu novia”

Te pagaré bien, como corresponde a la responsabilidad del puesto.

-Yo quería proponerte que me dejaras aprovecharme de nuestra relación para hacer mi tesis doctoral sobre ti. Bueno, sobre Adam X.

 

una gota de cemento

una gota de cemento (decíamos) Cogió un lápiz y escribió en el margen inferior derecho del papel "constelación del voyeur nº1, 1996". Aquel "nº1" indicaba bien a las claras que Adam había encontrado un filón. En mi cuaderno anoté "no tiene sentido numerar una obra única" y también "el voyeur soy yo; al parecer el cíclope tecnológico no cuenta". (/decíamos)

-Vámonos a comer.
-¡Sólo son las doce! –dije.
-Y qué quieres; follar me da hambre.
Se lavó las manos y salimos del inaugurado escenario de cum-shots.
-¿Conoces algún sitio donde podamos ir?
-Oh, en la Fonda del pueblo nos daran algo ¿No sería mejor que te cambiaras de ropa? Por el olor, digo.
-¿Olor?
-A pintura.
-Ni hablar. Los olores son importantes.
-El buen olor sí.
-No me seas mojigato, Jesús.

Él no era mojigato. Tuvo ocasión de demostrarlo inmediatamente. O quizás a consecuencia de aquel reproche, para justificarlo. Una gota de cemento salpicó a la chaqueta de Adam. El operario pidió disculpas. Adam mantuvo el gesto sonriente.

-Maldito hijo de perra.

Lo dijo extremando la dicción y con un volumen que dejaba bien a las claras que pretendía ser escuchado. Seguí caminando y no me atreví a mirar atrás. Por alguna extraña razón no pasó nada, supongo que por el desconcierto. Ningún salario de mierda justificaba la asunción de un insulto semejante. Bien sabido es que el servilismo de un obrero acaba en el nombre de su madre.

-He, tan sólo te ha manchado un poco en una chaqueta vieja que huele a disolvente.

¿Creen que me contestó? Ni hablar. Fue entonces (atención mitómanos), en el trayecto entre su casa y la Fonda, cuando Adam X me explicó la parábola de las piedras grandes:

“Un tipo da una conferencia sobre “Just in Time”. Gestión de los tiempos de producción, Stock-cero, eliminación del departamento de control final de calidad; en fin, toda esa mierda. En un momento dado coloca sobre la mesa una pequeña pecera de vidrio. Seguidamente extrae una docena de piedras grandes y las introduce cuidadosamente en la pecera hasta que no cabe ninguna más. Entonces pregunta: "¿Está llena la  pecera?". Demos por supuesto, porque la historia lo necesita para mantener belleza y coherencia interna que los asistentes no se quedan callados. Imaginemos que todos responden afirmativamente.  Entonces nuestro profesional de las ideas saca de debajo de la mesa un cubo con grava, echa la grava en la pecera y la agita con cariño, haciendo que las piedrecillas se acomoden entre las piedras grandes. A continuación nuestro hombre pregunta: "¿Está llena ?" Es una pregunta retórica, claro.
"Bien", continúa el gurú corporativo a tiempo parcial. Saca un cubo con arena de debajo de la mesa y hace lo que ya imaginas:  echa arena dentro de la pecera hasta que no cabe más y agita levemente para que ocupe los espacios que quedan entre la grava y las piedras.
Vuelve a hacer la pregunta, deja un breve silencio de guión para incrementar las espectativas y coge la jarra de agua que había solicitado para beber y la vierte hasta que pecera se llena hasta el borde.
Nuestro hombre de peinado fijo mira a los asistentes y les redacta la moraleja:
“Apunten, apunten: Hay que ocuparse primero de las piedras grandes. Si no, después no podrás meterlas. Meted en vuestra pecera las piedras grandes y la grava, la arena y el agua se harán sitio.”
-No consigo ver la relación con llamar hijo de perra al pobre tipo, la verdad -dije.

Clive

Clive

(decíamos)Bárbara no registraba mis enseres.(/decíamos)
Adam había habilitado la gran dependencia destinada a los huéspedes como estudio, desestimando desde el primer momento la zona limpia de su taller. No parecía preocupado por no disponer de espacio para visitantes con maletas. Según él aquello era un nuevo, eventual y ex processo centro de producción. Lo de "a medio camino entre un laboratorio de una industria química y el santuario de un serial killer de vasta cultura y educación exquisita" es cosa mia. Me entretuve con una foto titulada "El Manguera" en la que se veía un grandullón con una polla enorme en estado flácido. Tenía cara de tipo duro atractivo, una especie de Clive Owen trasladado al pasado o quizás el padre de Clive Owen; estaba musculado y llevaba un casco de bombero al más puro estilo stripper. En el margen inferior de la foto alguien había escrito a mano el Proemio del Decameron:
"Humana cosa es tener compasión de los afligidos; y esto, que en toda persona parece bien, debe máximamente exigirse a quienes hubieron menester consuelo y lo encontraron en los demás"
Una de las experiencias que no necesitaba en aquel momento era que mi maestro me descubriera admirando una polla ajena. La vida no se corta cuando nos pilla en una renuncia:

-Menuda polla ¿eh?
-Leía la poesía
-Por supuesto

¡Mierda!¡Cómo me joden esas sonrisas!

-Tengo ahí a "El Manguera" para que me dé fuerzas.
Dominaba el centro de la sala una cámara de video Betacam montada en un robusto trípode y un par de pantallas de iluminación difusa.
Enchufó los focos y puso a grabar la cámara. En el techo, fuera de plano había un micrófono unidireccional supletorio al que se le iluminó un led rojo.
-La mayoría de grabaciones amateur -decía Adam- tienen muchos movimientos, malos encuadres, abuso del zoom, desenfoques...., un desastre. Son una colección insufrible de sonidos horribles y una iluminación inadecuada. La gente, claro, no tiene por qué saber qué es un balance de blancos.
Decía esto en un tono jocoso y autosuficiente aunque no tan bravucón como cuando en 1998 contestó al periodista coñazo un "no necesité ese recurso para crear mi vía lactea" a propósito de si se estaba haciendo viejo y ante el lanzamiento comercial de la Viagra.

Lo que viene es la conocidísima historia de "Constelación del voyeur nº1":
Adam X masturbándose
eyaculando sobre un cartón de acuarela tamaño DIN-A0
pasando un rodillo con barniz de poliuretano
uniendo las manchas seminales con arañazos sobre la película protectora
20 minutos de testimonio.

-Creo que la llamaré "la constelación del voyeur".

Cogió un lápiz y escribió en el margen inferior derecho del papel "constelación del voyeur nº1, 1996". Aquel "nº1" indicaba bien a las claras que Adam había encontrado un filón. En mi cuaderno anoté "no tiene sentido numerar una obra única" y también "el voyeur soy yo; al parecer el cíclope tecnológico no cuenta".

ego te absolvo

ego te absolvo (decíamos) Lo arregló perfectamente, telefoneó a su secretario y en una hora ya nos esperaba el sirviente-como-de-otra-época con el coche a punto.
(/decíamos)
Adam compró su casa en Sant Vicenç de Montalt,a unos cuarenta kilómetros de Barcelona, por una cantidad indecente de dinero. Viviría en Supermaresme, una urbanización de lujo y mal gusto. Allí se han refugiado alguna vez actores y actrices de Hollywood (Madonna, Stallone, Schwarzenegger) y otros especímenes por el estilo cuando han necesitado, por ejemplo, inaugurar un Planet Hollywood en la Europa Sur. Allí políticos y empresarios catalanes han encontrado su peana de prestigio con vistas al mar. También es una ubicación adecuada para cualquier cabrón necesitados de un helipuerto privado a un paso del yate en Port Balís o simplemente cualquier nuevo rico de esos que ya han aprendido a bajar el meñique mientras sostienen la taza de té.
El día que visité por primera vez a Adam en su nueva ubicación supervisaba a los operarios desde uno de los balcones que se orientaba a la carretera.
Uno de ellos manejaba un camión grua que utilizaba para sustituir un león de bronce de lo más kitch que había en la entrada por una enorme piedra granítica.
El nuevo propietario, nuestro hombre, desde el balcón, con un gorro en la cabeza, y una botella de agua mineral en una mano, señalizaba la maniobra. El ímpetu de sus gestos hizo de la botella un improvisado, inintencionado y penoso aspersor. Vean al nuevo Papa bendiciendo y dando el ego te absolvo, pensé.

-Por el amor de Dios, Jesús, pasa, no te quedes en la puerta -gritó.
-Pues tú no evoques el nombre de Dios.
-Pues tú no seas tan bien pensante.

Reímos.
Llegué fácil hasta la habitación del piso superior. Toda la casa parecía “programada” para favorecer el camino correcto. Me recibió con un apretón importante y nervioso y empezó una disertación aburridísima sobre profecías:
Pensabamos que estaba superado ir a buscar agua a la fuente. Conseguimos agua corriente, potable, y pensamos que ir a la fuente estaba superado.
Míranos, todos compramos agua embotellada. Vamos al súper y cargamos garrafas de agua, botellas de litro y medio, botellines,...jajaja.
Aquella energía, paradógicamente, lograba agotarme.
-¿Sabes por qué la coloco en la entrada?
-No -contesté con sinceridad.
-Para que no se me olvide que las piedras grandes son las más importantes.
En 1995 la historia a propósito de las piedras grandes no cruzaba la Internet como ahora, puede que ni siquiera existiera en ese sentido. Hablamos de una época cercana y sorprendente; por desaprendida y olvidada.
La frase “colgar el teléfono” todavía tenía un sentido no tan metafórico.
Aún no habíamos llegado a la Googlelización.
Ni se intuía la Wikipedización.
Sant Vicenç no había sido destrozado por el pelotazo inmobiliario.
Bárbara no registraba mis enseres.

como si

como si (decíamos) Son momentos en los que uno no debería dudar de la denominación de origen del vello púbico encontrado.
(/decíamos)
En realidad, claro, no había tal pelo. Adherida al cielo de la boca, lo que había era una conversación “robada”
[Bárbara] No entiendo qué representa.
[Adam] Los hombres y las mujeres son representaciones. El Arte abandona la representación y el hombre sigue actuando como si.
[Bárbara] ¿Cómo si?
[Adam] Como si viviera.
[Bárbara] No entiendo.
[Adam] Lo que yo veo es una película de zombies.
[Bárbara] Sigo sin entender.
[Adam] Muertos vivientes. Se creen que viven, pero están muertos, en el mejor de los casos. En el peor, son un simulacro.
[Bárbara] Como un androide que se cree humano.
[Adam] Eso mismo.
[Bárbara] Creo que entiendo
[Adam] La experiencia estética será la última frontera que un robot defectuoso anhelaría.

Bárbara reía como cualquier joven medio borracha y rendida de antemano ríe al hombre que la trasladará de la barra del bar de copas a una cama. Como había reído conmigo apenas un año antes en el Rider’s.
Veinte años habían pasado (treinta hasta hoy) y volvía, a horas extrañas, y tras una puerta no totalmente cerrada, a espiar a mis padres flirteando. Ya tuve suficiente con el nacimiento de mi hermano pequeño. Entré en la cocina, donde Adam se servía más té. Parecía “normal”. En cinco días no había visto acostarse a Adam. De vez en cuando se hacía una micro-siesta sentado en el sofá o apoyado sobre la mesa del comedor. Cinco días, y parecía “normal”.
-Acompáñame a buscar casa, dijo. Quiero quedarme a vivir en Barcelona.
-Tengo que ir a trabajar.
-Yo lo arreglo. Llamo a “doqui” y lo arreglo.
Así llamaba Adam a la doctora: “doqui”. Lo arregló perfectamente, telefoneó a su secretario y en una hora ya nos esperaba el sirviente-como-de-otra-época con el coche a punto.

duda

duda (decíamos) Y allí estaban dándose conversación mientras yo aguantaba mi hombría venida a menos. (/decíamos)
Mi primer gatillazo con la vida
La escena se repitió cada día de los siguientes cinco días. Fue la primera vez que sentí un déficit. O quizás peor aún: una pérdida.
-Y además se beben el Cardú –decía Manu en un ejemplo de mala gestión del tacto.
Aquella primera vez en que me sentí alejado de Bárbara no me cité con Olga. Por aquel entonces yo no conocía a “me-corro-siempre”, quien contaba con tan sólo quince años de edad. Me cité con Manu. Es lo que tienen los amigos imaginarios, que siempre están disponibles. Bárbara llegó a la cama con un beso a modo de testigo de relevo. Me di la ducha de rigor y mientras adoptaba la postura hierática del escriba sentado me dio por especular con la fidelidad de “mi Brava Mujer”. Era mal momento para eso. A mi me gusta llevarme hasta la nariz las braguitas fragantes de una chica limpia. Son momentos en los que uno no debería dudar de la denominación de origen del vello púbico encontrado.

ya volveremos sobre esto

ya volveremos sobre esto (decíamos) (…) antes de desenchufar el cerebro tuve un momento a solas, quien sabe si bajo el recuerdo del último Steffi Graf-Gabriela Sabatini. (/decíamos)
No es que estuviera falto de sexo, ni hablar. Mi chica me ofrecía todo el sexo que una sola mujer puede ofrecer a un hombre y éste aceptar. Es decir, sólo estaba impedida, por sí misma (y por definición) para darme “variedad”. Variedad de mujeres. Por lo demás yo trataba de hacer lo propio. Cuando uno está recién ennoviado, eso, dar todo lo que uno puede dar y el otro recibir, no debería ser algo excepcional. En nuestro caso no lo era. Mi paja Wimbledon era paja terapéutica, antiestrés y somnífera, una licencia que no me restaba más fuelle que el sobrante. Con veinticinco años… Bueno… ¡Uds. saben qué es tener una polla de veinticinco años!
Vivía feliz. Así vivía yo con Bárbara. Ella llegaba de trabajar de madrugada, se desnudaba y reptaba bajo las sábanas. Cada noche. A veces no se desnudaba del todo, y antes de encajarse me regañaba con un “sabes saladito, has sido un marranillo mientras yo no estaba…” Yo me reconocía feliz, no como ese tipo de personas que sólo es feliz a posteriori, gente que sólo puede trabajar para gozar en el futuro de un recuerdo gozoso. Yo disfrutaba el momento en el momento.
Ella, Bárbara, también se decía feliz. Apenas un año antes, lo que había escrito en su diario era esto:
“Casi me vuelvo loca. Durante tres años llevé un cuchillo en el bolso, a veces lo intercambiaba con un abrecartas que me compré en Toledo cuando tenía 14 años. Estaba dispuesta a matar a cualquiera que me tocase. Me volví fría. Miraba detrás de mí cada tres pasos, cambiaba mis itinerarios, restringí las salidas nocturnas.
Un día un chico se subió en mi misma parada de autobús en dirección al campus. Pensé que me seguía. Calculé todo lo que tenía que hacer...”
Les aseguro que YO no la seguía. Ya volveremos sobre esto.
La cuestión es que aquella noche dormí sin interrupción. A las seis de la mañana me desperté, con ganas de ir al lavabo o harto mi cuerpo de una espera anormal. En el comedor la conversación animada de Adam, mi huésped, y Bárbara, mi chica, acabó con mi erección. El orden natural de mi mundo se había roto. Bárbara debía estar durmiendo a mi lado tras una escueta sesión de pubis-contra-pubis y Adam debía joderle a vida al personal de guardia del hotel cinco estrellas. Y allí estaban dándose conversación mientras yo aguantaba mi hombría venida a menos.

extravagante pero muy adaptable

extravagante pero muy adaptable (decíamos) -Brava mujer –dijo Adam. (/decíamos)
De aquello me acuerdo como si fuera ayer. El resto de la conversación, poco más o menos, vino a ser lo siguiente:
-Esta situación, Sr. Adam…
-Oh, no se preocupe por mi en absoluto, soy un tipo algo extravagante pero muy adaptable. No les molestaré en absoluto. Tan sólo dígame dónde puedo descansar, dónde está el lavabo y mañana ya arreglaremos algunos asuntos que nos interesan a ambos.
Les juro que dijo “adaptable”. Incluso gesticuló haciendo ondas con una mano, como hacen los niños desde el interior de un coche a buena velocidad. El hombre terrible que había plantado dos ruedas de prensa aquel año ante cualquier pregunta impertinente (la prensa solicitó a partir de entonces que le fueran aprobadas por adelantado, una actitud de sumisión no conocida hasta la fecha); el hombre que había decidido dejar vacía la suite del Hotel y pedir alojamiento a un pobre diablo disfrazado de vigilante; ese hombre, digo, se autodenominaba “algo extravagante” y “adaptable”.
No crean que abandono una frase interrumpida así como así:
-Esta situación, Sr. Adam…es… ciertamente extraordinaria.
No podía saber yo, por aquel entonces, que “aquello” no había hecho más que empezar. Debí quedar satisfecho ante su indiferencia, una de las respuestas menos malas cuando se trataba de Adam, y además, estábamos en el Año Internacional de la Tolerancia (según Naciones Unidas, claro). Le indiqué el lavabo, dejé una manta sobre el sofá-cama, hice un pipí y antes de desenchufar el cerebro tuve un momento a solas, quien sabe si bajo el recuerdo del último Steffi Graf-Gabriela Sabatini.
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poeme

poeme (decíamos) Teniendo en cuenta el modus vivendi de Lady Centralita, el “llevarse el trabajo a casa” no era poca amenaza. (/decíamos)
Dadas las circunstancias no me atreví a cuestionar por enésima vez su indumentaria. Vestido de coctel, negro, de tirantes y escote de corazón, con sus medias y tacones de salón ad hoc. Digo yo que para el telemarketing no es imprescindible tal uniforme. “Tienes razón, necesario de verdad sólo son los auriculares con micro”-respondió la última vez. Besé levemente su mejilla (era celosa de sus labios cuando se había aplicado a pincel el red cherry) y salió escoltada por delante de  la “refined, oriental, floral fragrante”  de su habitual Poeme Perfume by Lancome.


-Brava mujer –dijo Adam.

jovencitas aplicadas

jovencitas aplicadas <!-- @page { size: 21cm 29.7cm; margin: 2cm } P { margin-bottom: 0.21cm } -->

(decíamos) Su risa entrecortada agravó el dramatismo del gesto, diabólico, como si de alguna manera arrancara un contrato beneficioso, o un alma ajena. (/decíamos)

Bárbara no se tomó bien la sorpresa del inquilino-sorpresa.

Que si “Otra vez me pides opinión antes”

Que si “Me da igual cómo sea de importante Mister Importante” (habrán adivinado que mi mujer, ya en su versión proyecto-mujer 1.0, no reparaba en la corrección literaria de sus apreciaciones)

“Por el amor de Dios, Jesús, si sabes que no pongo ni “nacimiento” en navidad para no tener compañía” (no reparaba tampoco, efectivamente, en la corrección estética)

y que

“A ver qué dices cuando yo me traiga el trabajo a casa”



Les explico. Ella no trabajaba en una empresa cuyo teléfono pudieras consultar en las páginas amarillas. Ni falta. Cualquier diario deportivo publicaba cada mañana, bajo una foto minúscula de Sunset Thomas extraída de un fotograma de “Latex”, la siguiente leyenda:

“JOVENCITAS APLICADAS. Te recibimos en nuestro piso de estudiantes y dejamos que nos examines. Todas las asignaturas. Tel. XX XXX XX XX”

Bárbara atendía el teléfono, enganchaba a los clientes y los citaba. Cuando el tipo en cuestión llegaba al piso, mi novia desaparecía y quedaban en el salón las cuatro sudamericanas. Bárbara se llevaba un veinticinco por ciento de la facturación. La “operación cambiazo” rara vez fallaba.

Teniendo en cuenta el modus vivendi de Lady Centralita, el “llevarse el trabajo a casa” no era poca amenaza.

No cualquier hombre

No cualquier hombre

(decíamos) Me sorprendió aquella violación de las mínimas normas de cortesía y urbanidad. (/decíamos)

Lady Comisaria se acercó ligeramente arrastrada del brazo izquierdo por el artista. Un admirador, un estudiante, un periodista o un crítico, vaya usted a saber, abordó a la pareja y fue apartado con una lánguida extensión de un brazo rematado por una copa de tulipa. El cava saltó a la camisa del invasor.
-Adam, Jesús no sólo vigila la instalación, también es mi asistente, seguro que estará encantado de ayudarle en lo que precise.
-Gracias, déjenos a solas, por favor, necesito comentar con Jesús un asunto de vital importancia.
Lady comisaria se separó manteniendo los ojos más abiertos que de costumbre y desapareció de mi interés, de mi vista, quiero decir.
La gran novedad de aquel dia fue que Don Vigilante-con-cara-de-susto había dado en el clavo, una casualidad como otra cualquiera determinante a la postre para mi vida, un Macguffin en toda regla. Una cuadrilla de operarios especializados en reformas de oficinas habían trabajado durante dos semanas forrando el interior de la sala de exposiciones de placas de yeso de 10 milímetros de espesor y habían masillado, lijado y pintado hasta dejarla aparentemente igual, cinco metros cúbicos más pequeña de facto. La estancia se había contraído, el hombre se expandía. No cualquier hombre.

-Pero, hombre, ya hablaremos de eso, lo que yo quería preguntarle es dónde vive Ud.

-A cuarenta kilómetros de Barcelona, en la costa.

-Ahá, bien, bien, -se tomaba su tiempo. Oiga y Ud., señor... ¿Bordas?

-Jesús.

-Señor Jesús -corrigió.

-Jesús. Sin "señor" -apunté

-Bien, Jesús, me preguntaba si Ud. podría, ajojarne en su casa. Sólo por unos días, claro está.

¡No te jode! Eso pensé: ¡No te jode! Sin embargo lo que dije, lo que arrojé sobre sus manos que parecían esperar la caída del árbol de una fruta madura fue un "sí, claro, siempre que no le importe vivir en una pocilga". Recogió los dedos convirtiendo sus manos abiertas en puños. Su risa entrecortada agravó el dramatismo del gesto, diabólico, como si de alguna manera arrancara un contrato beneficioso, o un alma ajena.

La expansión del hombre

La expansión del hombre

SEGUNDA PARTE. ADAM X Y YO (De nuestro encuentro hasta su muerte)

La expansión del hombre. En 1995 Adam X ya era considerado unánimemente por la crítica internacional el más grande artista contemporáneo. Teniendo en cuenta que estaba vivo y era relativamente joven aquello era una extraordinaria “consideración”. Vino a Barcelona a dirigir al equipo que montó la instalación “Contracción”. Yo trabajaba como becario en el departamento de escultura de la Facultad de Bellas Artes a tiempo parcial. Complementaba mis testimoniales ingresos con los trabajos más dispares: repartidor de pizzas, camarero en pubs nocturnos... y vigilante de exposiciones de Arte. La Doctora Maria Castell estrenaba condición de "comisaria". Como becario a su cargo participé en la elaboración del catálogo. Oh, nada que tuviera un mínimo interés: reclamar los textos a los críticos de turno, encargar las traducciones, gestionar los derechos intelectuales, hacer el seguimiento del timming de la imprenta… Cualquiera de esos trabajos por los cuales nadie puede realizarse. Por supuesto, mi nombre no aparecía en los créditos. El premio que recibí a cambio de tal servilismo fue un contrato eventual de vigilante. Ni siquiera de guía… cinco horas diarias de martes a domingo de pie en una esquina de la sala velando por la integridad de la obra del absoluto gurú del Arte contemporáneo. A priori nada extraordinario. Sin embargo aquello cambiaría mi vida.


-Hey, muchacho ¿Y a ti?

-¿Perdone?

-Dame tu opinión.


Aquellas fueron las primeras frases que intercambiamos, sin duda un extraño comienzo para una amistad. La sala estaba a rebosar de políticos, especialistas en arte contemporáneo y periodistas. La mayoría comentaban “La No-Instalación” de Adam X.

Uno: La instalación consistía en ver la sala vacía, algo bastante insólito en el museo.

Dos: La instalación era el público.

Tres: “Contracción” no titulaba una instalación, sino una performance. Adam X se reía de la intelligentsia del mundo del arte contemporáneo y criticaba el crédito que había conseguido el arte-absurdo.

Cuatro: Directamente y con indignación abundaba la hipótesis del “esto es una tomaura de pelo”

Cinco: el perseverante “explíquenos, Sr. Adam”.

Evidentemente el Sr. Adam X. no se explicaba. Se dedicaba a beber cava.

Inventé una respuesta que no me hiciera parecer un completo patán:

-Se llama Contracción, pero tengo la sensación de expandirme en esta sala.

Inmediatamente tuve la certeza de haber fracasado. Oh, Superartista no me contestó. Superartista fue directamente a interrumpir la conversación que Lady Comisaria mantenía con Mister Alcalde y me señaló con el dedo. Me sorprendió aquella violación de las mínimas normas de cortesía y urbanidad.

las bragitas de Ripley

las bragitas de Ripley

(decíamos) Esas cosas. Decido escribirlas. Las preguntas, no las directrices. (/decíamos)

Cuando acabé mis anotaciones no era hora de dormir, ni de acordarse de Lady Predictor. Y no pude dormir ni dejar de pensarla. Sorprendente, no tanto lo primero como lo segundo, no tanto por ella como, dadas las circunstancias, que fueran concretamente sus bragas en lo que yo estaba "erre que te erre". Ligaba ocurrencias dispares, como relacionadas mediante fallos neuronales, o acorde con el normal funcionamiento de la duermevela.
La primera vez Olga tapaba su conejito con unas braguitas de algodón blanco. El mundo de la moda es cíclico y cada vez más anda en revolución contínua y en regresiones a tendencias pasadas en lo que muchos saben ver crisis creativa de los diseñadores. ¿Se acuerdan de los pantalones de campana? En cualquier momento volverán. Ya han habido tentativas tímidas, pero volverán a lo grande. Todo vuelve. Pero los tangas, esas prendas de lencería con las que un prestidigitador ambicioso jamás inventaría un número de desaparición, no volverán. Cuando de puro hartazgo sean sustituídas por las tipo biquini o los culotes y el algodón diga "aquí estoy yo, que nunca me fui del todo", Dupont podrá invertir en plantas de reciclaje para sus patentes de lycras, nylons y viscosas. Sé que mi declaración no se sostiene, es más, cómo decirlo, un deseo.
Cuando vi por primera vez "Alien, el octavo pasajero" ya me quedé fascinado por el estriptís encubierto de Sigouney Weaver en su papel de Ripley, casi al final de la película. Se acuerdan. Braguitas blancas de algodón vs. el monstruo de sangre ácida. Hoy encuentran en Google multitud de páginas que hablan de esa secuencia. De nuevo, una de esas ideas de las que me consideraba orgulloso descubridor, tras un mínimo examen, aparece sucia, cubierta de roña y babas ajenas. Aquella primera vez le expliqué mi debilidad a Olga, y cada vez que nos hemos reencontrado en su casa tras una discusión me ha recibido vestida con... ya saben. Amanece.

aliento propio

aliento propio

(decíamos)New Order dando por culo.(/decíamos)

Me entró un escalofrío. Sólo pensaba en llegar a la cama y meter la cabeza bajo las sábanas. Es mi cura contra las situaciones de desconexión con el mundo en las que lo único templado que podemos respirar es el propio aliento.

Desconexión

Templado

CO2

El haiku del ahogo.

La lámpara del comedor iluminaba una nota de Bárbara: “He recogido tu manuscrito. Lo tienes en tu habitación. También he tirado la botella. Saca a las chicas. Buenas noches.”

“Las chicas” son las dos hembras de pastor alemán que me observan  desde el sofá.

Son las cuatro de la madrugada. Bárbara y yo nos hemos encontrado en el dormitorio de los niños. Estamos inmersos en el adiestramiento de Adrián. Intentamos que controle definitivamente sus esfínteres. Si el niño es capaz de interrumpir el sueño para pedir ir al baño es recompensado yendo a dormir a la cama de su madre. Yo ya no puedo volver a la mía. Un montón de preguntas bloqueaban las directrices de Bárbara.

Apaga la luz

Pásame un kleenex

Comprueba que el mayor esté tapado

Esas cosas. Decido escribirlas. Las preguntas, no las directrices.

fin de fiesta

fin de fiesta

(decíamos) Político, abogado y pedante cabrón. Así es nuestro gobernante.(/decíamos)


-Sí, supongo que estoy lleno de prejuicios –improvisé con los dedos cruzados y la esperanza de perderlo de vista.
-¿No te parece extraño que no nos dejen darle el último adiós?
-¿A qué te refieres?
-Bueno, el Sr. Adam está de cuerpo presente. Normalmente en todos los velatorios puedes…
-Entiendo. De todos modos la necrofilia no es lo mío.
Fue definitivo, se disculpó con un displicente “tengo que saludar a alguien” y se dirigió a la puerta.
Llegó más y más gente. Me senté sobre una piedra artificial en la que caía una agradable luz y saqué el cuaderno:
“Muchos de los que están aquí consideran esto una última performance más, la última de Adam. Un par de ellos se jactan de conocer la voluntad del artista de no ser velado tras su muerte y un corrillo de emperifolladas y sus respectivos consortes asienten. La conclusión a la que han llegado al alimón es que el gran artista no podía negar a sus amigos una despedida. Eso van diciendo: “a-mi-gos”. Palmarla es una gran cosa para crear lazos afectivos, a quien le interese, digo, a quien le interese “crear lazos”, no “morirse”. Casi me han convencido. Adela G.R., “la comisaria”, sostiene la antítesis. Culpa a Raimond Baumgarten de ignorar las órdenes de Adam, vete tú a saber por qué ocultos motivos. Andan errados. De medio a medio. Que yo esté aquí pasando desapercibido, tomando buena nota de todo cuanto sucede, pasando lista, es una de las voluntades de Adam en vida. De alguna manera todo este circo debe ser una antesala de la verdadera performance que acontecerá mañana. Por algo mi querido amigo hablaba del “gran fin de fiesta”. Una vida que merezca ese nombre, vida, debe llegar a su fin como un gran fin de fiesta”. Ocasiones habrá de explicar cómo él gustaba de acabar las fiestas que daba.
Antes de irme busqué a Raimond. Le dije que pasaría al día siguiente para que me diera una copia del acta de defunción y otra de la grabación de las cámaras de seguridad del jardín. También le deseé una noche corta. Rechazó el blister de diazepan.

 

condolencias

condolencias

Tuve que caminar unos cincuenta metros desde mi coche hasta la casa de Adam. Normalmente puedo aparcar en la puerta porque no hay decenas de berlinas de gama alta esperando a que sus dueños cumplan con el trámite burocrático del pésame.

Cola en el supermercado,

cola en la gasolinera,

cola de condolencias.

Interrumpí el improvisado poema haiku cuando alcancé a las primeras almas con las que intercambié un “buenas noches”. Eran los dos policías locales que montaban guardia junto a la furgoneta. Las luces de posición blancas y azules creaban una atmósfera romántica ante la entrada de Adamxlandia. Romántica o de pub after hours, según se mire. El jardín que se interpone entre la verja exterior y la casa evocaba un ambiente de verbena. Las luces del suelo y las de la piscina estaban encendidas. Había repartidas cuatro mesas vestidas de gala con manteles de hilo y atiborradas de botellas y copas de cava, pastas saladas y fruta; y termos con café, té y  leche. Unas cuarenta personas conversaban plácidamente. Sólo el tono de voz moderado marcaba la diferencia con cualquier inauguración de una exposición o el refrigerio que cierra una conferencia. Un tanto desorientado busqué a alguien conocido. En seguida reconocí a M.M.G, nuestro alcalde. Estuve muy tentado de saludarle pero hablaba con un par de cuarentonas potentes de esas que, a la legua adivinas, pueden joderte la digestión. Apareció Raimond, el presidente de la Adam X Reseach Foundation y secretario personal del fallecido. Estrechamos las manos y nuestra abnegación. En estos casos es fácil decir algo inapropiado. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

-Tienes un aspecto horrible.

-Lo sé.

-¿Cómo ha sido?

-Lo encontré en su sillón, como dormido.

Empezó a balbucear y parecía que no podría contener las lágrimas. Fue sorprendente. Raimond es, sobre todo,

frío. Después de todo, aparte de dirigir la fundación y actuar como secretario personal, también era el novio fijo de Adam -pensé. Se giró y casi se mete en el escote de una Barbie-de-luto+todos sus complementos originales. Alguien me agarró del brazo. Mierda.

-Lo siento, Jesús. Un momento duro ¿Eh?

-¡Alcalde! Oh, sí. Todos lo sentimos, supongo.

-¿Lo dudas?

-Siempre he dudado que un burgués bienpensante de derechas lamente la pérdida de un intelectual.

-Amigo, no criminalizar la ideología, ese es un principio ontológico recogido en el código penal.

Político, abogado y pedante cabrón. Así es nuestro gobernante.

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más que suficiente

más que suficiente Tras una primera investigación que confirmó como ciertos alguno datos desconocidos por mi, acepté el encargo. Mi siguiente libro, pues, iba a ser un ensayo biográfico, alejándome por completo de la novela y sin dar la ocasión de machacarme al crítico de turno. Ya saben: “Bordas vuelve una vez más a la carga con una historia que desde el primer capítulo bebe de su estilo consolidado y, por tanto, carente de riesgo alguno: sexo, lenguaje soez, la muerte del principal actor secundario y los inevitables tintes autobiográficos de la narración en primera persona. Toda una declaración de principios que además de no engañar a nadie dejará satisfechos tanto a sus incondicionales como a aquellos lectores que busquen un mero entretenimiento.”

 

A las cinco y media de la tarde me despertó el timbre de la entrada. Eran Bárbara, mis hijos y los reproches. Los reproches: “Que cuantas veces tengo que decirte que no cierres la puerta con llave que después no podemos entrar. ¡Vaya! ¡Cómo tienes la casa! Ya veo: estás borracho. A mi no me engañas: te lo veo en los ojos”.

Le contesté que lo veía en mis ojos porque yo no llevaba gafas de sol.

-También lo veo en el güisqui que te has bebido -señaló la botella vacía y tumbada sobre el manuscrito esparcido sobre el parquet.

 

Me justifiqué con la magnífica jugada de distracción que me ofrecían los acontecimientos: -Ha muerto Adam.

-Cielos, eso es terrible ¿Cómo ha sido?

-Ha dejado de respirar, el corazón le ha dejado de latir y su cerebro no emite señales eléctricas –dije mientras subía las escaleras camino del lavabo.

-¿Tienes que ser tan cabrón?

 

Esto lo dijo gritando, con los brazos en jarras en actitud de desafío.

 

-Déjame. Con una que me grite al día tengo más que suficiente.

-¿Qué quieres decir? –exigió.

 

Mierda-mierda-mierda. Esos comentarios son los que deben quedarse en mero pensamiento.

 

-Déjalo. Me duele la cabeza. Oh, lo siento, olvidé que esa excusa te pertenece.

-Mira que llegas a ser cabrón. Si te duele, tómate una aspirina pero no la pagues conmigo.

-Te recuerdo que cuando te duele a ti yo me hago una paja y no pago mi frustración con nadie.

-Pero qué cabrón llegas a ser.

Así podíamos haber estado una hora. Afortunadamente los niños exigieron la merienda y yo pude finalmente encerrarme en el lavabo. En media hora, y tras la gincana para sortear a mis hijos conectados a la consola de videojuegos, salía de mi casa vestido con el traje de los funerales y un dolor de cabeza top ten.

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