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Cometí en mi último post el magnífico error de no explicar partes esenciales.
Hace unos días un numeroso grupo de conciudadanos recibimos un e-mail que adjuntaba -destilaba orgullo- fotografías de la instalación de la hierba artificial en el campo de futbol municipal (hasta ahora de tierra). Tuve una ocurrencia que creí graciosa y contesté: "wow, ahora ya sólo nos falta la oveja eléctrica"
Loriga, Ray, el hombre que inventó Manhattan, Barcelona, 2004, El Aleph editores.
cosa:
consiste en propiciar un ámbito de confianza y seguridad
podía haber sido
Discutía Doña Isabel San Sebastian este mediodía, en uno de esos programas que uno ve porque tiene ojos en la cara, con un espectador que la desnudaba* en directo, via teléfono:
(Lax 'N' Busto)
Las cosquillas que preceden al primer encuentro en persona, voluntario y buscado, con alguien "conocido" de Internet tiene que ver con un tipo de incertidumbre que llamaré expectativas de decepción. De entrada uno queda con quien le apetece y queda semi-a-ciegas con quien cree que valdrá la pena. En este último sentido mis expectativas se quedaron cortas-tirando a pobres-tirando a nímias. Un placer (literal).
Eran las once de la mañana y me conformaba con acabar el día lo antes posible y sin ningún incidente más. Llegué al dulce hogar, cerré la puerta con llave y desconecté los teléfonos. Otra vez la casa en penumbras. Bárbara, mi mujer, es fotofóbica. Su único complemento imprescindible son unas gafas de sol. De hecho debe tener una veintena repartida por todos los espacios que habita además de las que lleva consigo como un apéndice de su cuerpo. Uno más. Un apéndice más, digo. Mantener los ojos continuamente ocultos le confiere cierto misterio añadido, pero tras años de convivencia uno se convence de que debería haberse planteado seriamente la posibilidad de recluirse en los sótanos de un monasterio. Optó por el “plan B”: persianas a media altura, bombillas con un máximo de cuarenta vatios e incluso…configuración especial de la televisión. Para ella estas medidas forman parte de la “opción moderada”. Nada que objetar si viviera sola, pero a veces creo que tenemos un tono de piel lechoso considerando que estamos convirtiéndonos en murciélagos. Volví al tema del día. No conocía a nadie que se mereciese un pésame y yo mismo es lo último que hubiera necesitado caso que hubiese alguien interesado en compartir conmigo su dolor. Cuando el mundo te lanza una ofensiva semejante tan sólo puedes agazaparte en un retiro seguro y permanecer en posición fetal. A uno le gustaría aislarse y dejar pasar el tiempo, sobrevivir a la tormenta viajando mentalmente hacia… mi-er-da ¿Un lugar feliz? Ya habrán adivinado que no hubo manera. La alternativa más inmediata para la evasión se llama güisqui. Me planté en la tumbona con la botella de Cardhú, el vaso con hielo, los auriculares a medio volumen y hojeé El lado oscuro de Adam X flanqueado por mi lámpara de lectura.
me refiero a un trabajo remunerado, del otro tengo para varias vidas.
A las cinco y media de la tarde me despertó el timbre de la entrada. Eran Bárbara, mis hijos y los reproches. Los reproches: “Que cuantas veces tengo que decirte que no cierres la puerta con llave que después no podemos entrar. ¡Vaya! ¡Cómo tienes la casa! Ya veo: estás borracho. A mi no me engañas: te lo veo en los ojos”.
Le contesté que lo veía en mis ojos porque yo no llevaba gafas de sol.
-También lo veo en el güisqui que te has bebido -señaló la botella vacía y tumbada sobre el manuscrito esparcido sobre el parquet.
Me justifiqué con la magnífica jugada de distracción que me ofrecían los acontecimientos: -Ha muerto Adam.
-Cielos, eso es terrible ¿Cómo ha sido?
-Ha dejado de respirar, el corazón le ha dejado de latir y su cerebro no emite señales eléctricas –dije mientras subía las escaleras camino del lavabo.
-¿Tienes que ser tan cabrón?
Esto lo dijo gritando, con los brazos en jarras en actitud de desafío.
-Déjame. Con una que me grite al día tengo más que suficiente.
-¿Qué quieres decir? –exigió.
Mierda-mierda-mierda. Esos comentarios son los que deben quedarse en mero pensamiento.
-Déjalo. Me duele la cabeza. Oh, lo siento, olvidé que esa excusa te pertenece.
-Mira que llegas a ser cabrón. Si te duele, tómate una aspirina pero no la pagues conmigo.
-Te recuerdo que cuando te duele a ti yo me hago una paja y no pago mi frustración con nadie.
-Pero qué cabrón llegas a ser.
Así podíamos haber estado una hora. Afortunadamente los niños exigieron la merienda y yo pude finalmente encerrarme en el lavabo. En media hora, y tras la gincana para sortear a mis hijos conectados a la consola de videojuegos, salía de mi casa vestido con el traje de los funerales y un dolor de cabeza top ten.
Tuve que caminar unos cincuenta metros desde mi coche hasta la casa de Adam. Normalmente puedo aparcar en la puerta porque no hay decenas de berlinas de gama alta esperando a que sus dueños cumplan con el trámite burocrático del pésame.
Cola en el supermercado,
cola en la gasolinera,
cola de condolencias.
Interrumpí el improvisado poema haiku cuando alcancé a las primeras almas con las que intercambié un “buenas noches”. Eran los dos policías locales que montaban guardia junto a la furgoneta. Las luces de posición blancas y azules creaban una atmósfera romántica ante la entrada de Adamxlandia. Romántica o de pub after hours, según se mire. El jardín que se interpone entre la verja exterior y la casa evocaba un ambiente de verbena. Las luces del suelo y las de la piscina estaban encendidas. Había repartidas cuatro mesas vestidas de gala con manteles de hilo y atiborradas de botellas y copas de cava, pastas saladas y fruta; y termos con café, té y leche. Unas cuarenta personas conversaban plácidamente. Sólo el tono de voz moderado marcaba la diferencia con cualquier inauguración de una exposición o el refrigerio que cierra una conferencia. Un tanto desorientado busqué a alguien conocido. En seguida reconocí a M.M.G, nuestro alcalde. Estuve muy tentado de saludarle pero hablaba con un par de cuarentonas potentes de esas que, a la legua adivinas, pueden joderte la digestión. Apareció Raimond, el presidente de la Adam X Reseach Foundation y secretario personal del fallecido. Estrechamos las manos y nuestra abnegación. En estos casos es fácil decir algo inapropiado. Eso fue exactamente lo que ocurrió.
-Tienes un aspecto horrible.
-Lo sé.
-¿Cómo ha sido?
-Lo encontré en su sillón, como dormido.
Empezó a balbucear y parecía que no podría contener las lágrimas. Fue sorprendente. Raimond es, sobre todo,
frío. Después de todo, aparte de dirigir la fundación y actuar como secretario personal, también era el novio fijo de Adam -pensé. Se giró y casi se mete en el escote de una Barbie-de-luto+todos sus complementos originales. Alguien me agarró del brazo. Mierda.
-Lo siento, Jesús. Un momento duro ¿Eh?
-¡Alcalde! Oh, sí. Todos lo sentimos, supongo.
-¿Lo dudas?
-Siempre he dudado que un burgués bienpensante de derechas lamente la pérdida de un intelectual.
-Amigo, no criminalizar la ideología, ese es un principio ontológico recogido en el código penal.
Político, abogado y pedante cabrón. Así es nuestro gobernante.
(decíamos) Político, abogado y pedante cabrón. Así es nuestro gobernante.(/decíamos)
-Sí, supongo que estoy lleno de prejuicios –improvisé con los dedos cruzados y la esperanza de perderlo de vista.
-¿No te parece extraño que no nos dejen darle el último adiós?
-¿A qué te refieres?
-Bueno, el Sr. Adam está de cuerpo presente. Normalmente en todos los velatorios puedes…
-Entiendo. De todos modos la necrofilia no es lo mío.
Fue definitivo, se disculpó con un displicente “tengo que saludar a alguien” y se dirigió a la puerta.
Llegó más y más gente. Me senté sobre una piedra artificial en la que caía una agradable luz y saqué el cuaderno:
“Muchos de los que están aquí consideran esto una última performance más, la última de Adam. Un par de ellos se jactan de conocer la voluntad del artista de no ser velado tras su muerte y un corrillo de emperifolladas y sus respectivos consortes asienten. La conclusión a la que han llegado al alimón es que el gran artista no podía negar a sus amigos una despedida. Eso van diciendo: “a-mi-gos”. Palmarla es una gran cosa para crear lazos afectivos, a quien le interese, digo, a quien le interese “crear lazos”, no “morirse”. Casi me han convencido. Adela G.R., “la comisaria”, sostiene la antítesis. Culpa a Raimond Baumgarten de ignorar las órdenes de Adam, vete tú a saber por qué ocultos motivos. Andan errados. De medio a medio. Que yo esté aquí pasando desapercibido, tomando buena nota de todo cuanto sucede, pasando lista, es una de las voluntades de Adam en vida. De alguna manera todo este circo debe ser una antesala de la verdadera performance que acontecerá mañana. Por algo mi querido amigo hablaba del “gran fin de fiesta”. Una vida que merezca ese nombre, vida, debe llegar a su fin como un gran fin de fiesta”. Ocasiones habrá de explicar cómo él gustaba de acabar las fiestas que daba.
Antes de irme busqué a Raimond. Le dije que pasaría al día siguiente para que me diera una copia del acta de defunción y otra de la grabación de las cámaras de seguridad del jardín. También le deseé una noche corta. Rechazó el blister de diazepan.
I do admit to myself
New Order dando por culo.
(decíamos)New Order dando por culo.(/decíamos)
Me entró un escalofrío. Sólo pensaba en llegar a la cama y meter la cabeza bajo las sábanas. Es mi cura contra las situaciones de desconexión con el mundo en las que lo único templado que podemos respirar es el propio aliento.
Desconexión
Templado
CO2
El haiku del ahogo.
La lámpara del comedor iluminaba una nota de Bárbara: “He recogido tu manuscrito. Lo tienes en tu habitación. También he tirado la botella. Saca a las chicas. Buenas noches.”
“Las chicas” son las dos hembras de pastor alemán que me observan desde el sofá.
Son las cuatro de la madrugada. Bárbara y yo nos hemos encontrado en el dormitorio de los niños. Estamos inmersos en el adiestramiento de Adrián. Intentamos que controle definitivamente sus esfínteres. Si el niño es capaz de interrumpir el sueño para pedir ir al baño es recompensado yendo a dormir a la cama de su madre. Yo ya no puedo volver a la mía. Un montón de preguntas bloqueaban las directrices de Bárbara.
Apaga la luz
Pásame un kleenex
Comprueba que el mayor esté tapado
Esas cosas. Decido escribirlas. Las preguntas, no las directrices.
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